28 de noviembre de 2006

SPEER

Resumiendo, mi último acto prusiano fue pagar deudas. Y desde que Mitra se tomó el buque a Cuba al único que me parecía deberle algo eran al Tano Ferrari. Y bueno, un poco también a los pibes (a ninguno en particular sino al grupo) de La Diáspora. Asi que acepté el pedido de Floh de hablar con el Tano e intentar devolverlo a la orquesta. Tal vez vos hubieras sido la persona indicada para el encargo, pero Floh y Jörg lo dijeron bien claro: “Nosotros con Heiko no queremos saber nada de nada”, lo cual vino a confirmar algo que yo ya te dije más de una vez Gordo: sacando a Silke, al Tano y a mí, a vos no te quiere nadie.
En fin, sigo: hacía casi un año que el Tano había colgado los botines –es decir, abandonando La Diáspora, el fueye, la música, la vida social, en fin, la vida– cuando nos encontramos por última vez.
Como al otro día volaba a Palestina y al Líbano y no sabía cuando iba a volver –barajaba la posibilidad de no hacerlo nunca– pasé por su casa a saludarlo y a despedirme y hasta logré sacarlo a pasear (según Amparo, su bendita mujer, hacía meses que no salía del cuarto).
Caminamos lento y en silencio mil cuadras, cruzamos el parque de Friedrichshain y terminamos en el »Wohnzimmer«, un bar de Helmholzplatz, en Prenzl´Berg, un boliche muy cool en una esquina, ambientado con sofás, sillones y divanes viejos.
No sé como será ahora, si es que todavía existe, pero en el Wohnzimmer de entonces tenía que atenderse uno mismo –selbsbedienung– y mientras se esperaba el pedido, sobre la barra, desparramadas en una especie de costurero viejo de lata, había una parva de fotos viejas para elegir y regalarse, a manera de souvenir.
Llevábamos horas compartiendo la tarde y todavía no había logrado sacarle una palabra. La primera media hora en el bar la dedicó a despachar el contenido de las botellas que le fui arrimando. En algún momento me puse a chamuyar a la bartola, le referí mi proyecto de viaje-permanente, le hablé de Françoise, la francesa que me esperaba en Jerusalén y del fracaso estrepitoso de las Páginas Oficas de Abdeljamid Annabi...
No abrió la boca. Me lo quedé mirando: con los años la piel se le había ido como granulando y agrisando como la de un elefante de utilería... Sí –pienso en el tajo casi inmóvil de la boca–, el Tano se parecía cada vez más a un muñeco de goma espuma, a un Muppet, más precisamente al saxofonista de los Muppets (¿te acordás?): bajo la poca luz del boliche, detrás de los culo-de-botella de sus lentes, no se llegaba a ver adónde apuntaban sus ojos, adónde estaban, si es que estaban en alguna parte.
En algún momento se metió la mano en el bolsillo de la camisa y me alargó una foto color sepia, una foto muy vieja que había manoteado al azar del costurero de la barra.
Puso la foto sobre la mesa y con el gesto de un detective de telenovela empezó a disparar, acompañándose rítmicamente con el índice, golpeteando la foto:
Que si nunca me pregunté, yo, a qué pudo haber venido, él, hace ya tantos años, a Berlín.
Que no me preocupara, que él también se lo preguntó durante años y que recién ahora lo sabía.
Que vino a Berlín buscando información sobre su tío.
Que su tío además de su tío era su padre.
Que su padre/tío se llamaba Lucio Morán y lo mentaban el Chino.
Que nunca se animó a usar ese apellido, que podría haberlo hecho, que podría hacerlo, después de todo era el apellido de su madre, pero que no, que le quedó el Ferrari, que el Ferrari se lo dio un buen hombre, un viajante de comercio que se llevó a su madre de un pueblito bonaerense a Rosario, un buen hombre que la sedujo con promesas que después hasta cumplió, que la casó y embarazó, todo a le vez y rápido.
Que la madre, su madre, se llamaba Laura.
Que el gran amor de Laura fue su hermano, el Chino Morán, su tío/padre.
Que no importa que las cronologías lo nieguen, que la paternidad no es una cuestión de esperma.
Que a la historia él la fue entendiendo en estos últimos años, una vez que pudo reconstruir las vueltas de su padre/tío en Berlín.
Que un día encontró una foto (esa foto, la foto que acababa de arrebatarle al costurero y que expuesta bajo mis narices sometía a un golpeteo constante mientras desplegaba su ronco discurso).
Que la foto, esa misma foto, lo llevó a una mujer muy vieja llamada Jenny que es clave en todo el embrollo pero que la tal Jenny no le dijo mucho (o tal vez sí, el Tano no entiende más que dos frases en alemán).
Que igual lo que la tal Frau Jenny le dijo le terminó de armar el rompecabezas o al menos le cerró dos o tres partes importantes del mismo.
Que todavía no sabe si a su «padre» lo mataron los nazis a principios de los 30 o si murió más tarde en la guerra.
Que más que seguro está enterrado bajo otro nombre.
Que todo suele estar enterrado bajo otro nombre.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Who knows where to download XRumer 5.0 Palladium?
Help, please. All recommend this program to effectively advertise on the Internet, this is the best program!