25 de marzo de 2008

X-BELIEBIGE

El cuarto acto abre con la escena de la manifes-tación en la Alexan-derplatz. En el panel de fondo, pintados por la mano de un imitador de Raoul Dufy (acuarela de París para turistas), se reconocen los edificios de la Casa Roja del Rathaus, el extinto Berliner Schloß, la Nikolai y Ia Marienkirche.
El escenario está copado por la masa laburante: adelante los bailarines, alrededor el Coro –entre los que destacan Jenny y Morán– y detrás de todos, pueblo, los trescientos extras (en esa época, finales de los veinte, los anarcos llenaban).
A la izquierda, en primer plano, aparece Clara, de perfil, elevada sobre una tribuna improvisada en la caja de una camioneta.
Desde el foso se escuchan los primeros acordes de la Típica. Atacan con la Intro en el mismo momento que se larga a nevar. La multitud sostiene sus carteles. Circulan bolsitas con tabaco y botellas de Schnaps.
Invisible y ciego, el Ángel de la Historia, encarnado por un muñeco mecánico o una marioneta –un ángel piróscafo a dos hélices y coraza de acero– sobrevuela la escena avanzando hacia atrás, de espaldas –como el Angelus Novus de Klee-Benjamin–: tañe una concertina blanca (o quizás el inmaculado organito de Manzi) mientras canta:

quién sabe de qué océano ha salido
tal arca de promesas sin abrir
repleta de profetas no nacidos
carne de eterno anhelo sin cumplir


Los versos que canta el Ángel no son escuchados por los manifestantes. Tampoco son comprendidos por el público ya que suenan al revés, como una cinta dada vuelta:

rilpmuc nis olehna onrete ed enrac
sodican on sateforp ed ateper
rirba nis sasemorp ed acra lat
odilas ah onaéco éuq ed ebas néiuq


La música –bautizada, en un arrebato de originalidad, «El Angel de la Historia»– que hasta ese momento es una suerte de milonga lenta, entra de golpe a yumbear.
Clara recita, casi cantando, a lo Rinaldi:

–en cualquier rincón del desierto cabe el tiempo...
Coro:
–¡todo!
Clara:
–en cualquier rincón del desierto hay un vórtice
donde el tiempo hace agua.
donde el tiempo se cae...

Coro:
–¡todo el tiempo!
Clara:
–¿a qué otro desierto o a qué playas ardientes
a qué islas de la hespérides da esa lluvia de arena?
o es que ese culo, ese agujero, ese hueco,
ese pozo por donde el tiempo cae,
da a la misma sed siempre...

Coro:
–¡a la sed toda!
Clara:
–la arena no registra tus marcas.
el viento borra toda huella.


La milonga yumbeada se acandomba. El Coro comienza a cantar, rapeando (mientras los bailarines le sacan viruta al piso):

a europa toda se la curte un toro
un toro blanco que eyacula oro


Clara sigue, arenga:
–nuestro tiempo no cuenta:
ni gotas ni granos ni monedas.
el magma de un cuerpo no late hacia adelante
ni cae contando.
no da saltos isócronos.
no ansía progresión ni beneficio.
no hay sucesión.
el pulso late en gracia y en concierto.


La Típica recrudece el contrapunto hasta la bizarrés. El Coro insiste:

a europa toda se la curte un toro
un toro blanco que eyacula oro


Solo de bailarines.
Y, ya en el postre, cierra el Coro:

a la pobre europa ya la parte en dos
un toro blanco que se cree dios


Hacia el final de este estribillo la Típica abusa del ralentando y lo reduce a los cancinos acordes de una balada cuyos aires recuerdan los peores momentos del neolorquismo uruguayo.

Clara canta:
nuestro tiempo no es pasto
de relojes exactos
que cuentan como guita
los minutos las horas
nuestro tiempo es espacio
de solidarios actos
lo que cuenta es el pulso
del corazón que aflora


nuestro tiempo no es oro
ni se cambia por sal
se derrocha en caricias
como la piel o el beso
se mide en luz y en sombra
no busca el bien o el mal
no se pierde o se gana
nuestro tiempo no es eso

nuestro tiempo no es eso
¡liberá las arenas de la sed
bebete toda el agua de una vez
y secá la clepsidra!


En el instrumental viene una coreografía minimalista (acerca de la cual todavía no se me ocurre nada).

nuestro tiempo no pasa
como si fuera un tren
ay un tren nos recorre
por dentro sin medida
muere allí donde nace
es su propio rehén
no hay espera ni pérdida:
la llegada es partida

nuestro tiempo no es sabio
no acepta ningún canje
y no dirá jamás
lo que no dice ahora
ahora: así se llama
el viejo y nuevo Angel
en su cielo de gozo
no hay antes ni demora

no hay antes ni demora
¡liberá las arenas de la sed
bebete toda el agua de una vez
y secá la clepsidra!


En los últimos compases puede ser que se incorpore el Coro.
Ahí la concentración se empieza lentamente a despejar y viene la escena más vendedora, que es cuando Jenny y Morán se quedan solos en el centro del cuadro.

(Ilustración: detalle de un cuadro de Bill Jacklin)

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