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27 de marzo de 2008

ZWISCHENAKT

Mientras tanto Morán se muere de otra cosa. Se muere, como suele suceder, de un tijeretazo de la Parca, es decir, corte clásico: la solución final a la discontinuidad de lo sucesivo.
Un fin menos heroico, desde el punto de vista cinematográfico, pero más acorde a su condición y a su historia.
Si en el marco de un congreso reunido para hurgar en la existencia de nuestro héroe fuéramos convidados a exponer nuestro punto de vista acerca de su deceso, sin perder el estilo congresal que consiste básicamente en embellecer lo que se ignora y en ocultar un poco lo que los demás creen que sabemos, diríamos que Morán muere a la manera de Holofernes o de Juan El Bautista; que Morán palma peso mosca, ignorado y tristón como cualquier poeta menor de la Osa.
Se me dirá que no hay poetas menores así como no existen grandes hombres o pequeños, que la talla media del macho ronda el metro setenta. La pregunta queda picando: ¿esta medida estadística incluye la cabeza?
«Judith me quiere bien» –hubiera dicho Holofernes si algún amigo le hubiera preguntado acerca del estado de su corazón– «tanto como Salomé quiere al Bautista».
Es claro que Morán no es un ni un guerrero ni un profeta. No sabemos si es un mediocre, un tarambana o bien otro muchacho sin atributos. En cualquier caso no es precisamente un genio.
Se me hace que el genio destinado a Morán estalló entre las manos de Kurt Wilkens o pereció de asfixia entre las magníficas tetas quinceañeras de Laurita. Destinado a cabeza de turco de si mismo, se inmoló en la llanura, bonzo entre cortaderas, y el Morán que llega a Berlín no es más que un muñeco como los que anima el Gordo Heiko, locutado a distancia por el misterio, que deambula entre el desayuno magro de la Sophienstraße y la muerte en la Alexanderplatz con una amarga resignación, como la víctima de un secuestro cuya familia no acepta pagar ni dos guitas por el rescate.
La historia ha desvirtuado la figura del genio. No hay inocencia en ello. No se molesten en mostrarme la carita de viejo piola de don Albert sacando la lengua. Los genios molestan, aterrorizan, violan. Los genios no son locos lindos. Más bien son como Neurus, petizos perversos que quieren dominar el mundo. En una palabra: los genios son genios del mal. Están ligados al concepto de máquina y la máquina es hija del tiempo (el genio tiene una relación con el tiempo que se me escapa pero que en la próxima entrega no voy a tratar de esclarecer).
Por último sería importante señalar, sobretodo en el caso de que a alguna compañía trashumante se le ocurriese llevar el Sainete a escena, que tal cual como sucede en la vida misma, las leyes más elementales que aprendimos en la escuela, sobretodo las concernientes al espacio y al tiempo, no se cumplen o bien se violan constante, simultáneamente. Consideramos de suma importancia cuidar estos detalles.
Lamentamos que esto –al igual que otras particularidades escénicas– por falencias narrativas, no se haya apreciado bien (por ejemplo en el último acto, penúltimo cuadro: la gente baja los brazos pero sostiene sus carteles).
Por el momento concluyamos, que se hace tarde: como decía Weißichwer, la literatura, de alguna manera, es responsable de la revolución industrial. Sin linealidad, sin sucesión, no hay cuento, no hay genio. Por eso perdéis la cabeza en manos de la hembra. Por que la mujer es la enemiga visceral de lo sucesivo. Es la bestia simultánea por excelencia. Es la simultaneidad misma. De ahí, repito, la suerte de Morán-Bautista-Holofernes, el corte final servido en bandeja.

(Ilustra: »El Oso Bautista«, (metamorfosis del logo de la cerveza Berliner Pilsner) Sergio Gobi 2008)

26 de marzo de 2008

ZANK

Llegado este momento, mitad del cuarto acto, el espectador atento ya sabe que Morán y Jenny son los puntos MJ que forman el lado opuesto al ángulo C (Clara). El lado MJ es una cuerda que alcanza ahora el punto óptimo de tensión. Si el Ángel de la Historia la pulsara escucharíamos un perfecto LA natural.
Ya se sabe que M, si bien podría ser el padre de J, es su amante. De la misma manera que C, quien da perfectamente el fisic du rol de madre de J es, desde hace mucho más tiempo, su novia. Asimismo, en el transcurso del tercer acto, ha quedado bien claro cómo C y M podrían ser perfectamente el papá y la mamá, es decir, una pareja como tantas, pero son más que eso, son hermanos de espíritu.
Digamos resumiendo que Clara, Jenny y Morán constituyen una familia. Una familia libertaria amable, amorosa y amante; una familia de la autogestión y la revolución permanente. Una familia donde cada uno tiene un rol distintivo, primordial e irreductible tal que el producto de la interacción de esos roles es, para cada uno de los miembros del triángulo, proveedor -casi total- de sus necesidades cósmicas.
Como ya se vio en el tercer acto, la cosa se fue dando... Y funciona de puta madre, por lo menos, hasta que Morán muere. Porque, digámoslo de una vez: Morán se nos muere pronto.
A propósito compuse una especie de milongón-chôrinho que habría de llamarse “Al Final se Muere” (lo cual es una verdad de la puta que lo parió) pero, justamente, al final no lo voy a usar.
Es que, las historias... viste cómo es, siempre siguen.
Sólo gracias al abuso de solidaridad con sus personajes las historias terminan casi con –o cerca de– su final. El héroe muere y a lo sumo se dejan ver un par de hilachas que se atan entre sí para que el caso, más o menos, cierre.
A mí me gustaría que el Sainete siguiera después de la muerte de Morán. No por quitarle protagonismo al Héroe sino por quitárselo a la Muerte.
Vamos a ver. Habría que replantear todo.
Por ejemplo, que todo el cuarto acto sucediera entre el primero y el segundo. O mejor, que muriera de entrada y la continuidad de la historia no dependiera ni siquiera del regusto de su paso por la tierra.
El problema es que Morán no es un héroe cualquiera. El Chino Morán es mi viejo... y no sé si me importa mucho lo que pasa después de que él palme.

Volviendo a la escena, Morán y Jenny se van quedando solos en la enorme plaza helada. La nieve afloja. Jenny, como siempre, ríe. Morán está preocupado. Mira hacia arriba. Hacia los costados. Mira hacia atrás. Comprueba que arrastra, como siempre, una estela melanca.
Dice o piensa: Mierda, se nos viene la noche...
Se escuchan los primeros acordes del “Vals de la Gravedad” que Jenny va a cantar y Morán secundará (haciendo una segunda en los estribillos).

cae la nieve
dos por tres llueve
sapos soretes qué más da
caen las acciones
hojas aviones
del suelo nadie va a pasar

caen los velos
chapas y pelos
aquel que se harta de volar
lo más seguro
imperios muros
sólo la gracia ha de flotar

no es tan grave
no es tan grave
a todo cabe esta verdad
no es tan grave
no es tan grave
no es tan grave la gravedad


Para que el cuadro resulte más forexport podrían bailar el instrumental entre las partes. Claro que conseguir cantantes que además de actuar bailen, te la regalo.

cae la noche
la mar en coche
cae quien quiere descansar
bestias, planetas
mandatos, tetas
lo que es mejor, lo que da igual

trampas y sueños
metas y empeños
un superhombre con disfraz
y hasta ese fruto
que embocó a newton
solo la gracia ha de flotar

no es tan grave
no es tan grave
cualquiera sabe la verdad
no es tan grave
no es tan grave
no es tan grave la gravedad


El vals termina y quedan abrazados.
Ahí, cuando las últimas notas hacen mutis por el foso, la parejita inicia un apoteótico franeleo. A lo bestia. Se escuchan besuqueos, refregones, jadeos. Morán la tiene arrinconada contra una columna y le da masa. La piba se le enrosca como una boa. Sus blancas piernas resaltan contra el sobretodo oscuro del galán como tentáculos de mármol.
Podría pensarse que el erotismo desplegado en esta escena viene medio traído de los pelos, que no es más que otro lamentable recurso para vender entradas.
Pero no es así. Es de posta: la gente se quiere.
Además es una pausa, el contraste necesario para preparar lo que se viene después, el siguiente cuadro, que es la interrupción-irrupción violentísima de un patota de la HJ con sus típicos uniformes pardos, sus lustrosas botas negras, sus gamados brazaletes de sangre: diez o doce muchachos entre los que se destacan el hermano y el ex novio de Jenny. Estos deportivos y rubios jóvenes lo cazan a Morán de la negra melena y le arrebatan a la piba.
Mientras tres o cuatro se la llevan –entre gritos, llantos y pataleos– los otros siete se van pasando a nuestro morocho bonaerense a trompadas, rodillazos, patadas.

Coreografía: los golpes se suceden al compás de los acordes de un cuarteto de bandoneones y contrabajo.
La obra es atonal, percusiva y agreta. Doce compases que se repiten en loop hasta el tope, el golpe, la caída final.

Cuando notan que el cuerpo ya ni siquiera puede tenerse en pie, lo sepultan a patadas en la nieve.
El silencio es tremendo.
Los siete dorados gorilas se escapan corriendo hacia distintos puntos de la plaza. La nieve recrudece.
Importante: el plano del escenario se rebate quince grados.
El cuerpo de Morán, tapado por la caspa tenaz del invierno del ‘31/’32, es apenas un bulto blanco en medio de un blanco mar en calma.

El cuarteto de bandoneones inicia el »Requiem para un Anarquista« (que no es más que una versión agiornada del »Requiem para un Monto« que escribí en el ’80).


. . . . . FINAL. . . . .

(Ilustra: »Manifestación« -detalle- Antonio Berni, 1934)

25 de marzo de 2008

X-BELIEBIGE

El cuarto acto abre con la escena de la manifes-tación en la Alexan-derplatz. En el panel de fondo, pintados por la mano de un imitador de Raoul Dufy (acuarela de París para turistas), se reconocen los edificios de la Casa Roja del Rathaus, el extinto Berliner Schloß, la Nikolai y Ia Marienkirche.
El escenario está copado por la masa laburante: adelante los bailarines, alrededor el Coro –entre los que destacan Jenny y Morán– y detrás de todos, pueblo, los trescientos extras (en esa época, finales de los veinte, los anarcos llenaban).
A la izquierda, en primer plano, aparece Clara, de perfil, elevada sobre una tribuna improvisada en la caja de una camioneta.
Desde el foso se escuchan los primeros acordes de la Típica. Atacan con la Intro en el mismo momento que se larga a nevar. La multitud sostiene sus carteles. Circulan bolsitas con tabaco y botellas de Schnaps.
Invisible y ciego, el Ángel de la Historia, encarnado por un muñeco mecánico o una marioneta –un ángel piróscafo a dos hélices y coraza de acero– sobrevuela la escena avanzando hacia atrás, de espaldas –como el Angelus Novus de Klee-Benjamin–: tañe una concertina blanca (o quizás el inmaculado organito de Manzi) mientras canta:

quién sabe de qué océano ha salido
tal arca de promesas sin abrir
repleta de profetas no nacidos
carne de eterno anhelo sin cumplir


Los versos que canta el Ángel no son escuchados por los manifestantes. Tampoco son comprendidos por el público ya que suenan al revés, como una cinta dada vuelta:

rilpmuc nis olehna onrete ed enrac
sodican on sateforp ed ateper
rirba nis sasemorp ed acra lat
odilas ah onaéco éuq ed ebas néiuq


La música –bautizada, en un arrebato de originalidad, «El Angel de la Historia»– que hasta ese momento es una suerte de milonga lenta, entra de golpe a yumbear.
Clara recita, casi cantando, a lo Rinaldi:

–en cualquier rincón del desierto cabe el tiempo...
Coro:
–¡todo!
Clara:
–en cualquier rincón del desierto hay un vórtice
donde el tiempo hace agua.
donde el tiempo se cae...

Coro:
–¡todo el tiempo!
Clara:
–¿a qué otro desierto o a qué playas ardientes
a qué islas de la hespérides da esa lluvia de arena?
o es que ese culo, ese agujero, ese hueco,
ese pozo por donde el tiempo cae,
da a la misma sed siempre...

Coro:
–¡a la sed toda!
Clara:
–la arena no registra tus marcas.
el viento borra toda huella.


La milonga yumbeada se acandomba. El Coro comienza a cantar, rapeando (mientras los bailarines le sacan viruta al piso):

a europa toda se la curte un toro
un toro blanco que eyacula oro


Clara sigue, arenga:
–nuestro tiempo no cuenta:
ni gotas ni granos ni monedas.
el magma de un cuerpo no late hacia adelante
ni cae contando.
no da saltos isócronos.
no ansía progresión ni beneficio.
no hay sucesión.
el pulso late en gracia y en concierto.


La Típica recrudece el contrapunto hasta la bizarrés. El Coro insiste:

a europa toda se la curte un toro
un toro blanco que eyacula oro


Solo de bailarines.
Y, ya en el postre, cierra el Coro:

a la pobre europa ya la parte en dos
un toro blanco que se cree dios


Hacia el final de este estribillo la Típica abusa del ralentando y lo reduce a los cancinos acordes de una balada cuyos aires recuerdan los peores momentos del neolorquismo uruguayo.

Clara canta:
nuestro tiempo no es pasto
de relojes exactos
que cuentan como guita
los minutos las horas
nuestro tiempo es espacio
de solidarios actos
lo que cuenta es el pulso
del corazón que aflora


nuestro tiempo no es oro
ni se cambia por sal
se derrocha en caricias
como la piel o el beso
se mide en luz y en sombra
no busca el bien o el mal
no se pierde o se gana
nuestro tiempo no es eso

nuestro tiempo no es eso
¡liberá las arenas de la sed
bebete toda el agua de una vez
y secá la clepsidra!


En el instrumental viene una coreografía minimalista (acerca de la cual todavía no se me ocurre nada).

nuestro tiempo no pasa
como si fuera un tren
ay un tren nos recorre
por dentro sin medida
muere allí donde nace
es su propio rehén
no hay espera ni pérdida:
la llegada es partida

nuestro tiempo no es sabio
no acepta ningún canje
y no dirá jamás
lo que no dice ahora
ahora: así se llama
el viejo y nuevo Angel
en su cielo de gozo
no hay antes ni demora

no hay antes ni demora
¡liberá las arenas de la sed
bebete toda el agua de una vez
y secá la clepsidra!


En los últimos compases puede ser que se incorpore el Coro.
Ahí la concentración se empieza lentamente a despejar y viene la escena más vendedora, que es cuando Jenny y Morán se quedan solos en el centro del cuadro.

(Ilustración: detalle de un cuadro de Bill Jacklin)

30 de octubre de 2007

MUßESTUNDEN

La noticia de los sucesos patagónicos rebota en la fría penumbra del bulín de la Sophienstraße como langostas mecánicas, como esquirlas salidas del balero del héroe.
Morán se resiste a creer lo que oye. Rebulle en su mirada una cocción paranoica. Empieza a desconfiar de todo y de todos, empezando por él mismo.
Mira la pared de siempre y ve epopeyas. Los actos heroicos de los otros: su mejor amigo, sus compañeros de lucha, su hermana atravesada por las flechas lechosas de su propio deseo.
Clara pregunta por El Cerrito, por el Cañadón de la Yegua Quemada.
Morán calla y empuja otra cañita.
-Un solo puño erguido más que vea y vomito-
La cabeza le pesa toneladas. Quisiera dejarla caer entre los hombros para siempre. Pero le molestan las luces. Mira a su izquierda. Cuántas veces se ha dicho, cuántas veces ha escuchado decir que no debe mirar hacia el público… pero está vez, cansado de esperar o de sufrir las proyecciones histórico-didácticas de las paredes se queda mirando la formas penumbrosas a contra luz: una marea de cabezas negras casi quietas.
¿Sombras que son o se hacen? Es decir, ¿es ése oleaje inerte un público? Es éste el público que hoy asiste a mi vida o son apenas extras que actúan de público.
Este pensamiento de golpe le agrada. Detrás duerme algo entrañable. Es un recuerdo antiguo… Suena en todo caso como un recuerdo antiguo: el mundo haciendo de mundo; superpuesto al mundo verdadero otro mundo idéntico pero levemente afectado, tan sutilmente afectado que es casi imposible reconocerlo.
Morán no recuerda haberlo sentido antes pero ahora que lo descubre algo le dice que es un residuo paleolítico, tal vez de la etapa en que el Chinito Morán, algunos años antes de que naciera Laura, entendía que el mundo giraba alrededor del Chinito Morán.
Pero el mundo que gira alrededor de Morán es el escenario de su aventura, de sus tribulaciones, de su desdicha, y por alguna razón que no comprende aún, que posiblemente no comprenda nunca, este mundo está siendo llevado a escena paralelamente.
¿Paralelamente a qué? está a punto de preguntarse.
Pero es otra voz la que pregunta. Clara pregunta por El Cerrito, por el Cañadón de la Yegua Quemada, por los hechos concretos de la Patagonia.
Moran dice que prefiere no hablar.
Que hable ella, a ver, que tanto sabe, ya que tanto sabe que hable, que hable ella, a ver, si sabe tanto. Soy todo oídos…
Y ella que no entiende o no conoce la típica de microironía meridional le hace caso.
Pero ni bien Clara empieza a hablar de lo que sabe, de lo que han publicado los pasquines libertarios, Morán la emprende esta vez a los gritos, alza su vozarrón como un puño erecto, ladra al tun tun para no oír a nadie, ni adentro ni afuera, ni a Clara ni al público. Pirotecnia barata. Puros cuetes. Bravuconadas a la bartola.
–Que me calmen las cañas– y vuelve a servirse.
–Es Schnaps de durazno– aclara Clara.
Móran no la escucha. Vuelve la mirada a su derecha, pasa y repasa las paredes como buscando una falla, con una desconfianza rayana con el pánico. De vez en cuando ladra una sentencia automática, cadáver exquisito en miniatura, consigna subnormal autorizada por el surrealismo en decadencia.

Resumiendo: por fin Clara logra contarle lo que sabe, lo que ya circula en todos los medios anarcosindicalistas, la patriada de Wilkens: que el Alemán se cargó al Teniente Coronel Héctor Benigno Varela, milico máximo, responsable de los fusilamientos patagónicos.
Morán parece no reaccionar. La vista fija en el muro. Es cierto que ha bebido bastante. Pero no es el alcohol lo que le entorpece tanto el entendimiento sino el producto de un inmenso esfuerzo de producción: las paredes empiezan a abrirse al compás de una música que, al principio –igual que el movimiento de los paneles– es casi imperceptible.
Pronto, por efecto también de las luces, la perspectiva se dilata en una lejanía que se posa súbitamente en el punto de fuga de un empedrado: es la calle Fitz Roi, en el barrio de Palermo, ciudad de Buenos Aires (“la pucha, mirá que bien logrado el efeto, si se nota a la legua…” comenta en susurros la platea).

Al ritmo de una milonga candombeada in crecento, amanece.
De un lado y otro de la escena aparecen las parejas de bailarines vestidos de obreros metalúrgicos algunos, otros de campesinos patagónicos, otros de paseantes urbanos (década del 20).
A la orquesta Típica se le incorporan tambores, como en los candombes de Alberto Castillo. Clara canta «La Candonga del Alemán»:

calá juná la Huesuda
por calles tan elegantes
calá como va que suda
la que sólo va al convoy
¿habrá cambiado de ruta?
va por la calle Fitz Roi
(si va pa´lo de Varela
ese no pasa de hoy)


El coro, que solo había cantado al unísono el quinto verso, ahora encara el estribillo con cierto aire de tablón, de hinchada de fútbol (los componentes del coro no son otros que los bailarines y Morán):

vos que hiciste sonar tanto
los huesos en los potreros
que metiste bala y sable
a miles de jornaleros:
¡juná Coronel Varela
como se muere sin juez!
siempre hay un pobre que vela
y hace justicia al revés


Durante el breve instrumental uno de los bailarines representa al Alemán, camina sigilosamente y se aposta en una de las puertas y espía hacia el fondo (Morán lo campanea embobado.
Otra vez Clara, solista:

juná ese de mameluco
que llaman El Alemán
¿que hará en barrio tan pituco?
¿será que viene a cobrar?
¿qué está esperando ahí al lado
agazapao en un zaguán?
¡juna que lleva en la mano!
¡es un bufoso y un pan!


Todos (con tutti):

vos que hiciste sonar tanto
los huesos en los potreros
que metiste bala y sable
a miles de jornaleros:
juná Coronel Varela
como se muere sin juez!
siempre hay un pobre que vela
y hace justicia al revés


El ritmo de milonga se vierte definitivamente en el candombe furioso. Los tamboriles doblan la apuesta.
Todos cantan y bailan:

Ya sos boleta Varela
los cuetes todavía se oyen
la Patagonia sonríe
tal vez te llore Irigoyen

cuchá cuchá como crece
el mito del Alemán
la Patagonia agradece
y esta candonga se vá
la Patagonia agradece
y esta candonga…


TELON

Ilustración:
(»Garbo y Patu«, Clementina Doppelkopf 2005)

26 de octubre de 2007

PLEONASMUS

Me pregunto cuándo vas a volver. Yo volví hace unos años. Casi sin querer. Los genes del cromosoma X pueden ser recesivos o dominantes, y su expresión en las mujeres y en los hombres no es la misma debido a que los genes del cromosoma Y no van apareados exactamente con los genes del X. Vine a enterrar a la vieja. Y me fui quedando. Cuando me quise acordar... A Ferrari le da lo mismo acá o allá. Él va y viene. El ADN mitocondrial se hereda de madre a hijo. Es compartido por dos sujetos si estos son hermanos. Dardo cumplió tres años en mayo. Siempre le hablo de vos. Como si supiera: Que vos sos un tipo persiguiendo un ideal, una verdad. Una tan solo. Habiendo tantas. El sexo masculino viene determinado por la combinación de un cromosoma X más un cromosoma Y, mientras que el sexo femenino está determinado por la presencia de dos cromosomas X. Las verdades suelen reproducirse por partenogénesis. Se puede perseguir un ratón pero no a diez. Tal vez por eso vos no viste sino una, aún cuando tu propia idea de la verdad ya era cien. Para comparar los genes de un padre y de un hijo no sirve el ADN mitocondrial. Hace falta llegar al cromosoma Y contenido en el núcleo de la célula. Hay que pulverizar muchos huesos para aumentar las probabilidades de las trazas de ADN. Yo nunca pude entender tu verdad, como nadie puede entender verdad alguna. Pero a vos sí. Por lo menos en algún momento, como quien saca una foto, te entendí. No sé. Las personas son más fáciles de entender que sus verdades. Los genes recesivos ligados al cromosoma X se expresan en las mujeres únicamente si existen dos copias del gen. Sin embargo, en los varones sólo debe haber una copia de un gen recesivo ligado al cromosoma X para que el rasgo o el trastorno se exprese. Qué sonsa seré que no me di cuenta que te seguía esperando. Hay que llegar al hueso para hallar la palabra. Y acá la tierra es puro hueso. Abrís la tierra, hendís los terrones, y es todo asuntos, sucedidos, nombres. Demasiados como para que uno se acuerde de algo o de alguien. Arriba el aire. Y más arriba el cielo. Entre el aire y el cielo el viento Norte, arenoso, mudo, caliente. Por ejemplo, una mujer puede ser portadora de un gen recesivo en uno de sus cromosomas X sin saberlo y transmitírselo a su hijo, que expresará el rasgo o el trastorno. Todo el día ese silencio denso que sopla y sopla. No te habrás olvidado. Recién a la noche, cuando se calma el viento, me dan ganas de hablar. Pero me vence el sueño. Después Ferrari anda diciendo que hablo dormida.

(Ilustración: »Vuelos«, Hernán Sansone, 2007)

11 de octubre de 2007

LÜGENDETEKTOR

Luego del intervalo y una vez apagadas las luces el telón se irá abriendo lentamente. Igual que en los actos anteriores. Igual que en los actos anteriores, antes de escucharse una sola nota, se escuchará una voz. No la misma sino otra. De tal manera que al escucharla no será reconocida. Pero al oírla, cada espectador le dará resonancia.
Cada espectador notará que, a pesar de utilizar todas las virtudes acústicas de la sala, la voz no parece vibrar sino en el pecho, dentro mismo del espectador. Como esos pensamientos que se ponen la pilcha de la voz de un recuerdo impreciso, casi reconocible.
Si la voz, en medio de la oscuridad –se supone que es de noche en el espectador– lograra mantenerse en simpatía con el fueye del vientre, si no precipitara en jadeos insinceros o en excesivos silencios adormecedores su obertura, si dejara apenas vagar sin rumbo fijo su deseo de ser oída para nada (para contar algo que ni ella misma sabe), entonces el siguiente acto...

Hubiéramos deseado una bohardilla tipo Boheme, con altas ventanas trimetiere en cuarenta y cinco grados que introdujeran, en la fría y melancólica semipenumbra, una melancólica luz cenital entre melancólicas plumas de cigüeña.
Pero el departamento de la Sophienstraße es un monoambiente en el tercer piso visitado por un vago recuerdo de sol, bastante grande, bastante feo, con una enorme estufa a carbón, de mayólicas amarillo maíz, ubicada casi contra la pared del fondo, entre las dos ventanas.
Clara y Morán están solos. Lo que no quita que en un rincón, el Viejo Ciego Harapiento, dormite apoyado en el teclado de su acordeón de utilería.
Acaba de oscurecer. Nuestro héroe, que insiste en probar el Schnaps (aguardiente) sin conseguir que lo convenza, ya está medio en pedo. Como suele sucederle aún estando fresco, preferiría no tener que hablar: liar y fumarse un negro, pensar sus cosas, los dos o tres tópicos de siempre, roer pacientemente la cuerda de su propia resistencia y dormirse por fin sin pena ni gloria ni sueños.
Pero Clara pregunta y pregunta. Habla un cocoliche con acento prusiano que tiene mucho de jiddische mamele y un algo de madonna italiana. A Morán le fascina, le encanta. Toda Clara le encanta. Sus maneras suaves y a la vez firmes. Lo mismo puede decirse de su voz de contralto, transparente, de ricas coloraturas, como si en el mismo registro convivieran el metal y la madera detrás de una dulce veladura.
El tema de sus inquisiciones es casi lo único que tienen en común: el amigo que conocemos como El Alemán y que la historia conoce como Kurt Willkens.
Ante los murmullos displicentes de Morán las preguntas de Clara corren el riesgo de agotarse como una palabra que se repite y se repite hasta quedar desnuda de sentido. Si esto, o algo peor, no ha sucedido todavía, es por el sabio espacio dejado entre una y otra pregunta. Son frases cortas y simples. Las ha venido sembrando al boleo sin prisa ni pausa. Con constancia de gotera:
Que qué te dijo. Que si te dio algo para mí. Que si te habló de mí. Que cómo está.
Pero Morán no está para preguntas, está en otra. La constancia de Clara no lo ha dejado cabecear su gol definitivo en el sueño. No es que se haga el sordo. Está un poco borracho y quiere hacerse el pensador, el importante. Trata de pensar realmente algo importante para no sentirse deshonesto. Quién sabe no esté celoso.
Influido por la suave y poderosa voz de Clara se pregunta a sí mismo:
¿Clara es tan linda o soy yo que extraño? ¿Faltará mucho para irme? ¿O para sentirme acá como Pancho por su casa? ¿De qué vamos a hablar cuando se entere que soy un otario?
Hay un momento en que Clara se rinde. Se queda mirando por la ventana. Vaya uno a saber qué. La ventana es un rectángulo negro de vidrio helado que ni siquiera permite ver las bambalinas.
A Morán los vericuetos de su alcoholizada memoria lo regresan por fin al guión que nos importa. Desde el fondo de la escena apenas si llegan los acordes de un tango medio húngaro.
Ahora que la muchacha ya no insiste nuestro héroe habla:
–La noche anterior al embarque llegué de mi pueblo y al rato ya estábamos hasta el caracú. Bueno, el Polaco y yo. El Alemán no chupa. Que yo recuerde no dijo nada. Al otro día temprano salía el barco...
–¿Y...?
–¿Y qué?
–¿Y al otro día?
–El Alemán no dijo nada en todo el viaje. El Polaco consiguió prestado un coche...
Morán habla demasiado lento. Arrastrando penosamente las frases hasta dañarlas. Como si se hubiera olvidado la letra y le costara escuchar la voz del apuntador. Esto no crea tensión alguna sino más bien un tedio interminable de película rusa.
Ayudémoslo.
El Polaco consiguió prestado un coche para llevar a Morán al puerto. En el puerto no hubo tiempo de nada. Cuando se estrecharon con el Polaco las palmadas en la espalda sonaron a hueco, como el abrazo de dos tísicos. El Alemán, nada, fumaba un Fontanares.
–Me pescó justo en el arrugue, fichando el barco. Me dio medio cagazo. Me pareció tan grande...
–Kurt...
–El barco.
Tranquilo Chino, susurró al abrazarlo.
–Y acordate: Yo se dice Nosotros”, me dijo, con ese acento tremendo... Habla en criollo peor que vos: »io-se-disse-noshotoros«...
–¿Y eso?
–No sé, siempre nos dice eso. Es como su muletilla. Después dijo que había que prepararse, que hacerse fuertes, que vienen tiempos muy duros. Esas cosas...
En la ventana del fondo, casi invisible detrás del humo de los cigarrillos, se proyecta la imagen del Alemán arengando en el puerto de Buenos Aires a una cuadrilla de Moranes desarrapados. Detrás de los quedos acordes del acordeón del ciego casi ni se oye la cascada voz del líder. Nos llegan frases como »jamás una caricia impulsó un cambio« o bien »la simulación lleva puesto el rostro de la historia... Y así nos va« y otras por el estilo.
–...Y así nos va.
Repite Clara.
–Y así nos vamos, digo yo, digo, nosotros...
–¿...?
–...nos vamos a la mierda.
En la ventana la noche de cartón pintado ha vuelto a sellar la perspectiva. Moran sostiene firme ante sus ojos el vasito de Schnaps, como si espiara un pez mínimo o un gusanito.
Pero los ojos de Moran no miran ni la mano, ni el líquido incoloro ni el vidrio tosco del vaso.

12 de septiembre de 2007

SAMMELSURIUM

Si Morán oyera otra cosa que voces apagadas.
Si Morán oyera otra cosa que el susurro crepitante de los pasos de los viandantes apurados –de los suyos lentos, entumecidos– sobre la nieve nueva, yendo y viniendo por la plaza que antecede a la Universidad Humboldt y la presenta morosamente sobre la avenida Unter den Linden.
Si Morán oyera el chirrido del tramway; el grito de grajas y cornejas; el monólogo o el diálogo monocorde de los monumentos.
Si Morán, si cualquier personaje de sainete, digamos, soñado o preexistente, oyera otra cosa que lo que casi todas las orejas ateridas o cubiertas de lana o pieles reconocen oir a estas horas de la tarde cuando la mayoría ya lleva tras de sí un largo día de yugo, cuando la poca luz declina hacia la noche y las lámparas gaseosas de la avenida desnudan aún más los negros esqueletos de los tilos.
Si Morán oyera.
O será que Morán, que lleva atada una bufanda sobre la cabeza precisamente con la intención de protegerse las orejas del frío, no escucha otra cosa que sus propios monólogos interiores que nosotros –dios nos guarde- no vamos a reproducir.
Morán, sordo a casi todo, inclinado ahora contra la base de una de las estatuas erigidas a la memoria de los hermanos Humboldt, hace una pausa en su tarea de repartir panfletos anarcosindicalistas. Levanta una pierna y la deja flexionada a la altura de la rodilla, la suela del zapato pegada al muro.
Arma con pericia un cigarrillo. Lo enciende.
Desde el monumento Alejandro von Humboldt no lo ve. Mira hacia la Unter den Linden. Tiene una vista privilegiada de la avenida que íntimamente agradece y disfruta. No sabría decir porqué le gusta tanto esa calle tan diferente y a la vez tan parecida a la que él transitara en sus años mozos.
En los primeros tiempos del emplazamiento de ambas estatuas, y ante las quejas de su hermano, pensaba que hubiera preferido otro lugar para el homenaje, bajo otros árboles, en un bosque frente a un lago o frente al mar… al menos frente al Spree. En todo caso una eternidad con vista a la madre de todas las cosas.
No tardó en comprender que de alguna manera la calle bajo los tilos es también un río. Cauce de devenir, gárgola de transcurso, narración en perpetuo presente.
Ahora mismo piensa en Psamenito, aquel rey de los egipcios derrotado por Cambises. Y como una cosa trae la otra, Psamenito le trae a Herodoto.
Pero entonces siente sobre su cabeza y sus hombros, como cada día, cagar a las palomas. Y al ver aterrizar muy cerca una corneja trata de acordarse del nombre vulgar de la Limosa lapponica baueri, el pájaro que realiza los vuelos migratorios ininterrumpidos más largos.
Recuerda en voz alta que él mismo descubrió y estudió la subespecie y una vez llegó a observar un ejemplar de las »colipintas« que alcanzó a sumar 11.500 kilómetros volando sin parar entre Alaska y Nueva Zelanda.
Su memoria caprichosa e invicta le muestra una de las tapas del Libro de la Historia. Herodoto fue el primero en hablar de Psamenito, el primero de una serie reducida de queridos e inefables maestros. Según Herodoto Cambises se propuso humillar al egipcio: dio orden de colocar a Psamenito en la calle por donde debía pasar la marcha triunfal de los persas. Además dispuso que el prisionero viera a su hija pasar como criada, con el cántaro, camino de la fuente. Mientras todos los egipcios se dolían y lamentaban ante tal espectáculo, Psamenito se mantuvo aislado, callado e inmóvil, los ojos dirigidos al suelo.
En esto nunca van a ponerse de acuerdo con Guillermo. Uno mantiene la vista al río, al río que es otro y es el mismo. El otro mira las páginas pétreas de una enciclopedia.
De hecho, trescientos años después, Berlín ya es una ciudad encapsulada, un shopping burocrático tan parecido a tantos otros centros de Europa que hay que bucear en sus reliquias, desenterrar sus hitos de postal para reconocerla.
Sin embargo ahí siguen los dos, sentados a pocos metros de distancia, el uno meditando con un libro enorme sobre las piernas, el otro contemplando muy serio peces, aves, paseantes.
Le viene a la memoria un largo pico y se acuerda: ¡Aguja!, pájaro aguja le llamaban en Alaska. A diferencia de otras aves migratorias, que se detienen para comer y descansar durante sus largos viajes, la aguja no deja de volar hasta que llega a su destino.
A un par de metros más allá Guillermo von Humboldt, algo díscolo, acaso sin resignarse del todo a la piedra, guarda en cambio hacia la gran avenida una especie de acritud rencorosa, de desprecio. En todo caso una actitud más crítica. Suele pensar que fue la nociva influencia de los Hugonotes sumada a la guapeza advenediza de Napoleón lo que la trazó tan voluble, tan tilinga, en fin, tan afrancesada (aunque en el fondo sospeche que no es cierto, que es apenas el eco de un mal recuerdo, de una esquina demasiado cercana y su malsana sombra lo que le agria el panorama). Sin tratar de disimular su mal genio en este mismo momento le recuerda a su hermano que Psamenito tampoco se inmutó al ver pasar a su hijo con el desfile que lo llevaba a su ejecución. Recién cuando reconoció entre los prisioneros a uno de sus criados, un hombre viejo y empobrecido que apenas conocía, sólo entonces comenzó a golpearse la cabeza con los puños y a mostrar todos los signos de la más profunda pena.
Pero Alejandro lo interrumpe: nos llevó años (entonces no teníamos satélites sino tan sólo nuestros lápices afilados y un par de buenos cristales ópticos). Juntos hicimos ese arduo trabajo de medir el vuelo migratotorio de la Limosa lapponica. Vos la dibujaste me acuerdo en tu cuaderno. Yo registré su primer récord de camino al norte, cuando voló sin escalas 10.200 kilómetros hasta Yalu Jiang, en China. Después se desplazó otros 5.000 kilómetros hasta Alaska, que es el lugar que estas aves eligen para ir a reproducirse.
La historia, las historias, éstas o cualesquiera, permiten recapitular sobre la condición de la verdadera narración. La información cobra su recompensa exclusivamente en el instante en que es nueva. Sólo vive en ese instante, debe entregarse totalmente a él, y en él manifestarse.
En cambio la narración no se agota. Mantiene sus fuerzas acumuladas, y es capaz de desplegarse pasado mucho tiempo.
Mirá que bonita se la ve iluminada!
La verdad es que Guille von Humboldt no soporta esta callecita ampulosa y decadente. Alex la ama. No se aburre de junar el paisaje. El hormigueante homenaje de sus hijos y nietos. Su mirada (siempre tuvo muy buena vista) barre como una lenta bola de gozo voyerista desde la Opera, enfrente, pasando por incontables edificios hasta hacer streik en las recias columnas de la Puerta de Brandemburgo.
Hermano: esta es la calle de Psamenito, la vía de César y la ruta de la seda. El río completamente otro es siempre el mismo. El pájaro voló durante siete días sin interrupciones hasta recorrer los 11.500 kilómetros que separan las dos regiones, situadas en diferentes hemisferios.
Aunque a pesar de los esfuerzos realizados –la valiosa colaboración de las autoridades civiles y militares- hacia finales del siglo XXIII sin ir más lejos, no fue posible encontrar un solo descendiente de los personajes, centrales o secundarios, de nuestro Sainete.
Sólo los monumentos están en pie.
Y es así que Montaigne, que nunca camino por estas calles, volvió a la historia del rey egipcio, preguntándose: ¿Por qué sólo comienza a lamentarse al divisar al criado? Y el mismo Montaigne responde: «Porque estando tan saturado de pena, sólo requería el más mínimo agregado, para derribar las presas que la contenía.»
Eso según Montaigne. Pero asimismo podría decirse: «No es el destino de los personajes de la realeza lo que conmueve al rey, por ser el suyo propio».
0 bien: «Mucho de lo que nos conmueve en el escenario no nos conmueve en la vida; para el rey este criado no es más que un actor.»
0 aún: «El gran dolor se acumula y sólo irrumpe al relajarnos. La visión de ese criado significó la relajación.»
Herodoto no explica nada, piensa Alex y se le dibuja una leve sonrisa cuando llega la primavera y los tilos retoñan otra vez.
Se dice a sí mismo “todo permanece explotando en su caótico fluir” y un grato cosquilleo le sube hasta la nuca calcárea.
Hasta los cambios de las modas, cada una de las novedades que aportan los transeúntes o esos carruajes que prescinden de la tracción a sangre: apenas impulsados por el prometeico hálito del talento humano, ¡esas berlinas de coloridos y pulidos lomos con sus maravillosas tosesitas humeantes.
Guille, en cambio, echa de menos el trote herrado de los caballos, observarlos pasar con los ojos cerrados.
Alejandro insiste (Guillermo, olfateando el humo del cigarro de Morán, ya no lo oye): ya de por sí nos sorprendió muchísimo cuando voló 10.200 kilómetros hasta China pero el hecho de que pudiera volar 11.500 kilómetros sin parar fue algo que 200 años atrás hubiera sido impensable. Entonces creíamos que un vuelo de 6.000 kilómetros era extremadamente largo.
En ese mismo momento, a sus pies, Morán, tan sordo como siempre, silbando “El Ciruja”, reparte volantes libertarios a la muchachada que entra, sale, pasa o simplemente espera por allí, por los jardines blancos de la Humboldt Universität.
De golpe el tiempo pasa.
Se va haciendo tarde.
Son pocos los estudiantes que se demoran todavía.
Como si esperara algo o a alguien Morán sigue ahí, casi confundido con la nieve. Dejemoslo por ahora.
Es tardísimo.
En fin, ojalá estemos aún en condiciones de provocar sorpresa y reflexión.
Ojalá este Sainete se asemeje a las semillas de grano que, encerradas en las milenarias cámaras impermeables al aire de las pirámides, conservaron su capacidad germinativa hasta nuestros días.


(Nuestro agradecimiento, entre otros, a Walter Benjamin y a ELPAIS.com edición del 12/09/2007)

NACHTANGRIFF

Después del mercado, sin cambiarse la pilcha ahumada de fritanga, Morán se perdió en la fiesta. El pueblo todo era la fiesta. El epicentro: la cancha del Club Empleados Comercio. Terminada la doma, la gente se apilaba junto al tinglado que hacía de escenario o al quincho que expendía bebidas y choripanes.
La Típica Gancedo de Bahía Blanca, con cantor y todo, alternaba con Los Hermanos Díaz, un trío autóctono –acordeón y guitarras– que hacía rancheras, chamarritas y pasodobles.
Morán bailó y bebió todo la noche. Reencontró una novia en los brazos de quien otrora se perfilara como su mejor amigo, el Tate, que en realidad era, en su recuerdo, el silencioso compañero de banco, desde primero inferior hasta mitad de sexto, cuando Morán dejó la escuela.
Hubo patéticas escenas, inspiradas por las musas mistongas de los vinos berretas: reproches, juramentos de amistad y amor eternos, celos fingidos, envidias solapadas, miradas lascivas de coté.
El grupo se fue agrandando hasta formar un corro molesto, un coro ebrio de ojos extraviados, comisuras espumosas, respiraciones cortas y silbantes, escotes y axilas sudorosas.
Morán los abandonó sorpresivamente –con el viejo truco: ya vengo voy al baño– más o menos a la hora que comprendió que el haber vuelto de la capital después de tanto tiempo, sumado al hecho de irse del país en dos días, le otorgaba una suerte de poder sobre los otros que lo llenaba de desagrado, vergüenza, tristeza.
Caminó sin dirección por el pueblo vacío. En alguna de esas vueltas llegó al arroyo. Sintió una incómoda tensión en el puño izquierdo. Descubrió que sujetaba una botella de vino. Supo que tenía miedo de volver a casa de su madre.
Hacía demasiado calor.
Bebió. El vino estaba tibio.
Hubiera querido componer sus ideas, su torpeza alcohólica, ahuyentar demonios, enfrentar ese miedo estúpido por el que estaba a punto de agenciarse un lugar fresco a la intemperie donde pasar la noche.
Hubiera querido no pensar, o pensar en otra cosa, en cualquier cosa menos en su hermana.
Cerró los ojos.
Pasaron algunos segundos vacíos, tal vez no fueran muchos sino los mismos varias veces, dos o tres instantes escupidos por un vórtice invisible que los absorbía voluptuosamente para luego volverlos a escupir.
Abrió los ojos. Algo volvió a cerrarlos.
Ahora el mundo daba violentos giros. Se preguntó si en esa oscuridad prenatal también su madre debía haberse licuado ¡cuántas veces! en ese mismo paroxismo.
Miró el agua: la corriente parecía aquietarlo todo. Ese icono perfecto del transcurso, de la sucesión, del movimiento perpetuo, transmitía una sensación de quietud tranquilizadora.
De esa contemplación lo distrajo una voz que repetía una frase: “a varios metros bajo el nivel del mar, estamos a varios metros bajo el nivel del mar, a más de quince metros bajo el nivel del mar”. La voz parecía llegar desde la otra orilla.
De golpe la reconoció. Era la suya.
Le dio miedo. Tenía frente a sí esa corriente clara y sin embargo el mundo se le antojaba muerto.
Lo único que tengo frente a mí es la corriente clara, este caudal insomne, da igual llamarlo Océano Atlántico o Arroyo Vayimanca. Estoy como veinte metros más abajo... ¿Cómo voy a hacer para cruzar el charco?
El aire quemaba. Se balanceó. Corrigió su desequilibrio con la ayuda de un árbol. Le pareció que desde muy lejos le llegaba una sensación desagradable. Era un mensaje. Un mensaje táctil que provenía de su mano. La corteza. La corteza del árbol era de tergopor.
De pronto todo le resultó de una torpeza, de una falsedad demasiado evidente. Quiso agacharse, tocar el agua, denunciar la escenografía berreta de todo; comprobar, demostrar en la evidencia del cauce trucho la falsedad del mundo.
Entonces se golpeó la cabeza. Lo que tenía delante no era el río sino la puerta de la casa de su madre.
Porfió con el picaporte. Pensó en la llave bajo la maceta pero le pareció que ya no podría volver a agacharse.
Chorreaba. Tuvo que golpear. Le abrieron.
Estaba recostado ya en el catre, vestido.
El catre no acababa de aterrizar. La alfombra voladora.
–Ni bien claree te hago unos mates y te despierto. El tren sale a las siete...
El silencio de la pequeña casa había puesto en funcionamiento su primitivo mecanismo de ruedas dentadas bajo cuya acción trituradora acababan de caer las palabras de Doña Celina.
La voz de la vieja ciega nacía muda. Parecía sonar en la imaginación del cuarto. La gula del silencio lo devastaba todo desde el límite mismo de su señorío, arrancando de cuajo la más leve respiración, el más leve suspiro, con lo cual, el ambiente se volvió irrespirable.
Doña Celina venció todos y cada uno de los obstáculos. Empezó con un surtido de largos suspiros y cortas quejas en contrapunto. De a poco llegaron las primeras palabras, nombres, fechas. Hasta que por fin inició su habitual monologo de recuerdos, cacareos, consejos. Algunos eran recortes de la misma grabación de siempre, otros acababan de salir, producto mutante de diferentes sucedidos mutilados pegados con el moco eficiente del delirio.
–Las cosas siempre estuvieron más o menos así, o pior, no te vas a creer. Ya no me acuerdo bien... Y que conste que a mi me criaron en los ranchos. Pero mi gente era de a desierto. Por eso el finado tu padre que en paz descanse cuando quería hacerse el malo o para jatarse jetoneando con los del clú me llamaba Vatiuca. Decía q´era una cautiva al revés, al verre decía, eso decía... Una vieja Vatiuca, decía.
Morán no escuchaba. Tampoco dormía. Tieso como un paquete de pastillas Renomé. No podía cerrar los ojos sin que el estómago se le trepara a la cabeza y los intestinos se le mezclaran al triperío del cráneo.
–La finada tu abuela esa sí que era bruja, buena era, si vieras como quería enseñarme de chiquita. Pero yo ya de chiquita nomás ya no veía y se me fue el tiempo, se me pasó el tiempo aprendiendo a mirar con las manos. Reconocer los yuyos buenos, curar el empacho, eso sí, el mal de ojo y la verruga... De ahí no pasé. En el fondo le perdí la creencia cuando quedó bien claro que no me iba a poder curar lo de los ojos.
Olvidado completamente del chapuzón en el arroyo, sentía que su excesivo sudor era la despedida definitiva de millones de partículas imprescindibles sin las cuales sería inútil seguir viviendo. Podía sentir y seguir el derrotero de cada uno de los múltiples recorridos de ese desagote final vagando por su cuerpo.
En qué momento ese sudor se convirtió en cosquillas y las cosquillas en caricias no lo supo.
Con virtuosa lentitud de caracol y dedos de libélula del cine mudo –un manoseo torpe, tímido, tembloroso, más tarde firme e implorante–, Laurita lo fue amasando y desnudando como si lo deshojara.
Amarrándose firmemente de su pija, como si asegurara de un lanzazo a tierra el equilibrio cósmico o la llave pringosa de la máquina del silencio, montó la alfombra voladora.
Mientras tanto la voz de la madre siguió poblando el cuarto de fantasmas y olores de extintos pucheros: habló de un hijo perdido al nacer, de un marido perdido al morir, de un overo rosado de largas patas de ñandú...
–Lo único que tuvimos y que al final ni tuvimos... si hasta me parece estar oyéndolo ahora mismo galopar y galopar y galopar desenfrenado alrededor del rancho, tratando de entrar a que le den su grano, haciendo temblar el piso, las tablas, los cacharros...

30 de agosto de 2007

MÄDCHENHAFTIGKEIT

Tengo pocos recuerdos de cuando Laura era chiquita. La enorme diferencia de edad, supongo. Me fui de casa con veintitantos, cuando ella tenía siete u ocho. Mis recuerdos del pueblo casi no la incluyen. Para cuando ella llegó yo casi ya no estaba; no atesoraba nada, las cosas pasaban alrededor sin echar sombra. Quiero decir, Laura nació cuando lo único que yo hacía lo hacía para irme (y así todo mirá que me llevó años).
¿Laurita qué tendría? ¿Cinco? Volvíamos de lo de Calunga. El tren pasaba más cerca de su chacra que del pueblo, así que usábamos su galpón como depósito de los materiales que llegaban de Bahía o Buenos Aires. Yo disponía casi siempre de la chata. Esa tarde la traía cargada de vidrios. Vidrios para la iglesia, enormes, que habíamos trabado desde atrás y pasaban por arriba del pescante, por arriba de nuestras cabezas. Laurita vino todo el camino vigilando el cielo a través de los vidrios. Era uno de esos días típicos de octubre, esos días en que el sol va y viene entre nubarrones.
Por´ai va y me dice : –ya se larga.
Recuerdo que miré yo también para arriba. Eran dos o tres gotas nomás. Pero gruesas, como de chubasco de verano. Habían estallado contra el vidrio, encima de su frente, con una certidumbre suicida.
–Esas no son gotas, le dije, por joder, –son cagadas de pájaro.
No dijo nada, se quedó mirando la marca de las gotas en el vidrio con la boquita abierta. Yo me quedé viéndola mirar, mirándole los ojos mirar las gotas. No sé si era el traqueteo de la chata lo que hacía que su boca temblara levemente. Me pareció oírla imaginar un pájaro que pudiera cagar así, tan transparente.

29 de agosto de 2007

LAUSBUBENSTREICH

Desde que te fuiste el aire acá se ha puesto irrespirable. Al principio me dije: en cuanto mamá se muera me voy para la capital. Pero mamá no está tan vieja como ella quisiera y aparte de que le chifla, está más sana que vos y yo juntos. Lampyris noctiluca. También llamado cocuyo. Está cada día más insoportable. Este insecto esta dotado de unos órganos especiales que le permiten emitir luz. Asunción dice que nos va a enterrar a todos. Te juro que a mí no. Es un coleóptero de tegumento blando que se alimenta solamente en estado larvático. Una luciérnaga adulta no come. No sé que le ha dado últimamente. Me apaga las luces, hasta la lámpara de la máquina de coser mientras trabajo. Dice que hay que ahorrar. La Elateridae o saltapericos posee en el lomo del protorax unas manchas ovaladas de color blanco amarillento verdoso que emiten por las noches dos luces de color verde. Ella dice que ve el resplandor y le molesta. Pero el doctor Mariani nos ha dicho mil veces que es mentira, que la ceguera de mamá no distingue el día de la noche. La Lampridae, por ejemplo, cuyos faros están localizados en los dos penúltimos segmentos ventrales. Hace algún tiempo que ando con un muchacho del Bragado que vive en la Capital. Es viajante. No es muy joven que digamos pero es un buen hombre. En cambio en el Fengodidae –o isondu en guaraní– los órganos luminosos están dispuestos en cada segmento del cuerpo, un par en cada segmento, todos irradiando luz verde, menos el primero y el ultimo, que emiten luz roja. Me dice que me quiere mucho. Que me puede ayudar si me decido. Pero esta luz es fría, sin calor y es producida por una sustancia llamada luciferina, según unos y por bacterias luminosas, según otros entomólogos. Que no me quiere presionar pero que no me va a esperar toda la vida. Ay, Chino, yo se que vos me has de entender. La hembra se asemeja a un gusano –por carecer de alas y élitros– tiene patas cortas y el abdomen muy prolongado formado por anillos negruscos de borde amarillo que despiden una luz fosforescente. No hago más que pensar y pensar desde hace meses. Te extraño tanto... Me consuelo pensando que si estuvieras aquí todo sería peor, al menos para mí. Sólo los machos vuelan. No voy a esperar a estar segura porque ese día no va a llegar nunca. El brillo de las hembras no se puede explicar solamente como un medio de comunicación sexual. Me voy Chino. No te preocupés. La vieja va a poder sola con el puesto. Las larvas también brillan. Todo el mundo la conoce y la quiere. No me odies. De hecho se ha comprobado que las luciérnagas viejas brillan para parecer más atractivas. No me escribas acá porque me fui. En cuanto tenga una dirección en la Capital te la mando. No me olvides.
Te quiere, siempre.
Tu Laura

28 de agosto de 2007

KURTIEMBRE

El anarcosindicalista alemán Kurt Gustav Wilckens jamás había empuñado un arma. Era tolstiano y como tal, vegetariano y pacifista. Desertor de la Gran Guerra, emigró a los Estados Unidos. Algunas versiones sostienen que en 1919 andaba por Chicago, trabajando en una enlatadora de pescado de la que fue despedido -y más tarde deportado- por encabezar un boicot junto a otros operarios.
Hasta aquí las fuentes derrapan en la incerteza y se contradicen.
Lo cierto es que en el 21 llega a Buenos Aires.
El 25 de enero de 1923, en el barrio de Palermo, asesina al Coronel Varela, principal responsable de la matanza de más de mil trabajadores en las huelgas patagónicas de 1921.
Venganza clasista criminal para algunos, heroico arrojo justiciero para otros, estas acciones individuales eran ya tradición entre los libertarios. Similar al caso Radowinsky de unos diez años antes: un militante se ofrece secretamente como victimario o instrumento de un acto simbólico colectivo que los anarquistas denominan Justicia Proletaria.
El atentado fue fría y solitariamente preparado por Wilckens. Para evitar comprometer a sus dos compañeros de vivienda y militancia les ocultó su plan. Aprovechando la gran influencia que ejercía sobre ambos, los convenció de emprender un viaje. El Polaco se fue a España. A Morán, criollo de cepas bonaerenses, lo mandó a Alemania. Haciendo uso de sus contactos con el movimiento libertario alemán –era corresponsal de dos diarios anarquistas, uno de Hamburgo y otro de Berlín– consigue ubicar a Morán en la capital de la República de Weimar.
Es en Berlín donde Morán se entera del atentado justiciero pergeñado por su amigo y meses después, de su asesinato en la cárcel, en manos de un miembro de la Liga Patriótica.
Difícil entender cómo se siente. Lo suponemos a los manotazos en medio de un paroxismo de contradicciones: tan orgulloso como triste, tan traicionado como agradecido, tan inútil como usado. Es decir, se siente un pelotudo. Comprende recién ahora el verdadero motivo de su viaje.
Ahora bien: nos escribe Feliciano Salazar desde algún rincón del caribe formoseño y nos dice: »Sería interesante saber algo más del pasado sudaca de Morán. Un párrafo al menos«.
Estamos a punto de cumplir con su pedido, querido Feliciano, cuando, mirando en perspectiva el mapa existencial de nuestro héroe, advertimos un inexplicable salto cronológico.
Es decir: los números no cierran: Morán salió de Buenos Aires en octubre del ´22, no ha cumplido todavía dos años en Berlín y ya estamos en 1929.
Cosa e´mandinga.
(Uno a veces se mira las manos, la palma de las manos y no encuentra ni la línea sentenciosa y reparadora de lo sucesivo ni el rayo revelador de lo simultáneo y comprende que a ciegas pero ágil, rápidamente, debe tomar ciertas medidas, subrepticias, de una parcialidad tan pasmosa que han de quedar impunes).
Queridos lectores: aquí y ahora nos ponemos de pie y decimos: Es llegada la hora de aclarar ciertas cosas con la firmeza y la vertiginosa seguridad de los fundamentalistas y de los manifiestos de vanguardia: Éste y otros misterios jamás serán aclarados.
Ojo: aquí no se le pide al lector ningún acto de arrojo. Tampoco se nos acuse de falta de generosidad o de maltrato o de conminar a la complicidad o al cohecho.
Se trata apenas de arrojar al fuego varios almanaques y, tal cual el lector salteado, pasar ese centenar de páginas en blanco y asomarse al aquí y ahora que proponemos, es decir, ver qué pasa en el Berlín del ´29.
Por el momento anotamos lo más obvio: primera gran crisis del capitalismo. Las consecuencias de la Depresión y la incompetencia de la coalición serán desastrosas para la República de Weimar. El Nacionalsocialismo crece y se fortalece al calor de la estupidez de los democristianos, la izquierda y la socialdemocracia. Aparece Berlín-Alexanderplatz de Alfred Döblin. Se cumplen diez años del asesinato de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht.
Y en medio del cambalache claroscurista nuestro andrajoso muñeco.
Si. Como ya se dijo más arriba, Morán está forfai. Atormentado por ideas y sentimientos que no entiende, lleva un par de años en la capital alemana sin saber bien cómo ni porqué. Trabaja como un burro en una fábrica y milita incansablemente junto a su amiga Clara.
A propósito, puede ser que más de un dato sea históricamente falso. A veces por desconocimiento, por distracción, por negligencia. Otras, las menos, por necesidad narrativa. Esperamos que a nadie le importe mucho.
En una proporción similar, algunas de las cosas que se cuentan son ciertas y otras no.

16 de agosto de 2007

GEBURTSTDATEI

Cuando Morán nació no pasó nada. Ni mucho ni poco. Nada de nada. De una manera excepcional: una especie de coincidencia cósmica, o de error, por lo demás absolutamente improbable. Un brevísimo instante universal de nada.
Quien observe su carta natal encontrará indecisiones astrales que apuntan más y más hacia la sospecha de un error momentáneo en el movimiento perpetuo del sistema.
Allí está, no hay más que verlo, trazado en signos consagrados por la geometría, la exactitud axiomática del acto y la sombra de las probabilidades: en el instante exacto en que Morán vio la luz, debieron de suceder una cantidad de hechos que por varias razones concatenadas –azar, error de cálculo, desidia, azar, imprevisión, azar, incompetencia del obstetra, cansancio cósmico– tuvieron lugar un segundo antes o un segundo después.
Por supuesto que esto influyó de manera definitiva en el destino de nuestro héroe. Él murió sin saberlo.
No es raro. Lo excepcional de su nacimiento no fue advertido por nadie (es también por este motivo que la serie de coincidencias negativas –negativas en su condición de no-sucesos– que no tuvieron espacio ni tiempo en el instante de su llegada al mundo, aunque sean tan intrascendentes son a todas luces verosímiles.
Por un lado debido a la novedad. Nada más verosímil que una novedad. La mentira más guasa, si se oye por primera vez, se cree.
Por otro lado la innegable futilidad del no-suceso. Quién no creería en algo tan inocentemente inútil. Cualquiera está dispuesto a creer en la inocencia y más aún cuando ésta se confunde con la estupidez. Porque haciendo las cuentas pertinentes y sopesando radiaciones e influencias se comprueba la hipótesis: astrológicamente la singularidad de su nacimiento no le dio ventajas. Podría afirmarse incluso que tampoco lo perjudicó. A la hora de ayudarlo o de joderle la vida los Dioses titubearon o se hicieron los giles. En el mejor de los casos, no se pusieron de acuerdo. Frente a tal o cual Casa; frente a este o aquel probable hito de su existencia: ¿A qué jurisdicción le corresponde darle o quitarle algo a este hombre? ¿Dónde Marte debería haberle atizado su beligerancia o Saturno insuflado su caótica sabiduría?
No hubo caso. Morán estuvo siempre entre dos o más fuegos. Y si al fin una bala perdida llevaba estampado su nombre se debió más a su propia ansiedad fatalista –a su inconfesable berretín de no ser– que a un acto previsto en la abigarrada agenda del Olimpo.

4 de mayo de 2007

DENKANSTOß

Es una pena que Morán no haya seguido el consejo de Doña Eva de ir a ver a su tía antes de dejar el pueblo para siempre, antes de embarcarse para Hamburgo.
Se me dirá: ¡pero cómo Morán, que es un ácrata, un militante anarcosindicalista, un ateo hasta el tuétano, va a ir a visitar a la Flor, una sibila, una vidente!
No va por ahí. En el fondo la señorita Flor, su longevidad matusalénica; su figura delgada y mugrienta de cornisa cagada por las palomas; la casa pequeña y oscura donde habita como en un estuche de adobe; el gallinero silencioso lleno de gatos ponedores… le provocan a Morán, desde la ya lejana infancia, un rechazo irracional que visto desde acá parece más bien cagazo.
Para comprender esto y, junto con esto, de una vez, todo el paisaje, habría que mirar los alrededores. Tratar de entender el horizonte. Auscultar los yuyales, las cortaderas. Subirse al mangrullo, campanear el mentado desierto.
No sé si las cosas habrán cambiado mucho pero a la pampa, en aquellos años, todavía la llamaban desierto.
Macanas, dirán hoy, ma´qué desierto (»más desierto serás vos« según el conocido retruécano de Gobi).
Claro es que no brilla por sus bosques. Recién en los últimos dos siglos, al paso que iban talando tolderías, le fueron bordando, aquí y allá, algún monte de eucaliptos, sauces y álamos en las zonas húmedas, jacarandaes, olmos, tilos, cedros y robles.
Pero la pampa tiene el ombú, dice un floreado verso truqueador. Y pucha si es cierto.
Pero ¿podría decirse que el ombú es el árbol autóctono por excelencia de los pampeanos?
Me temo que no.
El ombú –y agarrate– también es inmigrante. Viene del norte, de las zonas calientes, del chaco boreal.
Se sabe que comenzó a ser plantado hacia mediados del siglo xviii, con el objeto de pintar una sombra, un mojón, un hito, una isla en medio del océano de pasto.
Hay quienes afirman –envidiosos biólogos cipayos– que el ombú ni siquiera es un árbol.
Nos consta que no ha sido nunca conchabado para viga maestra ni para andamio ni para mueble, sarcófago, bastón o cajón de manzana, qué digo, ni para escarbadientes.
Aún así, incansablemente, bajo la inagotable brasa de los astros, ha dado, y seguirá dándonos, como su nombre lo indica, su dulce sombra.
Porque el ombú tiene la hoja. Hojas simples, es cierto, alternas, pecioladas, anchamente elípticas, de margen entero y agudo ápice.
Dato que no hay que despreciar ya que una buena reunión de hojas es el congreso indispensable, la multitud necesaria para obtener una buena sombra.
Y porque alguna que otra hoja de su frondosa copa ha sido el ingrediente protagónico de brebajes, gualichos, conjuros, tizanas purgantes y astringentes, jarabes febrífugos, licores eméticos y pastiches vulnerarios de uso externo.
Y ahijuna que el tronco también tiene lo suyo. Mi vieja decía que las cenizas de su madera quemada mezcladas con agua sirven contra excemas y otros problemas de piel.
Sin ir más lejos el jabón que usaban en la época de la colonia estaba hecho de cebo y ombú.
Del guaraní humbí: sombra.
Fitolacácea suculenta.
Las fitolacáceas tienen bajo contenido de lignina, una corteza gruesa y blanda, madera fofa y, lo dicho, copa muy densa. En fin, mejor lo dijo Hudson…
Volviendo a nuestro personaje, Morán, oriundo de un pueblo perdido, encontrado y vuelto a extraviar en algún lugar al sur del Salado –transplantado luego a la capital del virreinato por razones que aún desconocemos– a lo largo y a lo ancho de toda su vida no ha dejado de sentirse como un ombú.
Un lector resentido, o algún crítico de medio pelo, maliciará que a Morán, como personaje de su propio sainete, le falta madera.
Lo cual es, además de gratuito, prematuro.
Pucha, si al menos hubiera ido a ver a su tía la pitonisa.
No queda lejos de su casa natal.
La señorita Flor –La Florcita, como le dicen sus vecinas– vive en la banda, en los caseríos del otro lado del arroyo Yimanca.
Es casi analfabeta, su ciencia no es producto de escuelas, no le fue revelada en enseñanza alguna. Flor es una inspirada.
Ella misma no sabe cómo funciona, pero en el momento de la consulta sabe exactamente qué decir: lo ve. No es que lo lea: lo ve.
Y ver, según ella, es saber.
Le pide al consultante que escriba su nombre en un papel y de solo mirar esas palabras se le proyecta en la frente un deja-vú, una epifanía.
Entonces es solo describir.
Los resultados son siempre asombrosos. No pifia nunca en sus visiones del pasado y del presente. Te hace una instantánea de cómo sos, qué hacés, que si tus viejos, que si tu novia esto, que si el laburo, que si la jubilación aquello.
En las predicciones puede dar en el clavo, acertarla bastante o errarle muy fiero.
Ella es la primera en reconocerlo.
Dice que las cosas saben ser así y luego obrar asá.
Con lo que quiere señalar que existen tendencias, aficiones, empatías más o menos generales de las moléculas que tienden a agruparse en este o en aquel grupo de suertes o desgracias.
Ojo, lo de La Flor no es un chisme del tipo dime con quien andas sino más bien un vas a andar en X si seguís insistiendo en que sos Z.
La señorita Flor se mueve como yegua madrina en ese campo inculto de la potencia y su tintineo suele seducir a jugadores de quiniela, enamorados sin suerte y otras almas desesperadas en su lucha tenaz con lo imposible.
El límite entre potencia y acto es el borde de una taba cósmica: es ese filo el que chaira La Florcita.
(A propósito de lo posible y lo probable: no es indispensable pero sería interesante señalar la profunda analogía entre el arte de Flor y el arte de narrar.
La diferencia entre decir y predecir no se conoce sino a la postre, está en función de su eficacia. La eficacia, en este caso, radica en su capacidad ontológicamente encarnadora. Ya sea por la vía más fácil: adivinar, o por la otra, la más difícil, la que requiere, cómo decirlo, una mezcla de inspiración genitiva y de ovarios: hacer que las palabras, en una misteriosa militancia golémica, armen la realidad, seduzcan el capricho de las moléculas y éstas decidan representar –decidan ser– ese y no otro sainete).

3 de mayo de 2007

CLARA

Esta mañana me di otra vuelta por la estación del Zoo. Me fui directo a las oficinas de la Deutsche Bahn. Quería ver otra vez esa foto de archivo de la que te hablé: perspectiva cenital de la estación, años veinte.
Va a ser jodido, por no decir imposible. Hasta la estructura de hierro es otra. Conclusión: nada de la actual estación nos va a servir para la escena de la llegada de Morán a Berlín. Me cago en las bombas.
Tomé algunas notas. Habrá que reproducir todo en estudio.
Ya sé. Va a costar una bocha. Pero no te preocupes, si se vende la casa de mi vieja en Rosario estamos salvados. Además la Vasca tiene unos mangos encanutados en el banco.
En fin. Lo positivo es que una vez montado el tinglado, se lo puede usar para otras escenas. O hacer varias versiones de la misma en plan jardín de videos que se bifurcan. Eso sí, cada »sendero« rematado con un pequeño musical imprevisto (total los bailarines van a porcentaje).
Por ejemplo: barajemos la posibilidad de que Morán y Clara no se encuentren al toque. Suponete que Morán llega, por ejemplo, por acá, camina hacia allá, enciende un cigarrillo… espera, murmura (¡la puta, cómo llueve!)
Al otro lado de la escena, en otro andén ponele, Clara.
Ahí te mando una foto para que la vigiles. Tenés razón. Se parece sospechosamente a Simone Weil. Pura coincidencia. En realidad se trata de la hermana de Benjamin. Le interesa el proyecto y, lo más importante, va a laburar gratis (los Benjamin no tienen precisamente problemas económicos).
Durante los primeros instantes del acto están casi solos. A medida que la música crece, el escenario se va poblando. Más y más gente (necesitamos por lo menos 300 extras, sin contar los bailarines).
La música (por ahora): ruidos urbanos sobre un loop maquinal, totalmente artificioso, medio secuestro, como paridos en un laboratorio de sonidos casero (ojo, la fritanga de fondo, como de disco viejo, es lluvia de posta).
De vez en cuando se escuchan en los altavoces los siempre incomprensibles anuncios de arribos y partidas (a la manera de Jacques Tatí).
El paneo circular ametralla rápidamente a los paseantes para volver a Clara. La acaricia, la describe:
Clara morena: En tu pálido rostro sopla la brisa tibia que pulió las aristas de las cansadas tribus de Israel. La miro y no sé porque pienso: qué bien le hubiera quedado el siglo XVIII...
¿Es demasiado precipitado presentarla ya como heroína?
Mejor no, mejor guardarse un par de cartas en la manga. Hay tiempo.
Digamos por ahora que, como antigua novia de Kurt Willkens, Clara es el contacto de Morán en la Capital de la República de Weimar.
¿No es claro? Volvé a leer »BERLIN«.
Vamos de Nuevo:
Clara es obrera y delegada anarquista: Mira con cierta ansiedad hacia un lado y otro del andén: Su cara denota decisión y fatiga: De vez en cuando observa detenidamente el cartel que sostiene, el cartón donde su propia mano escribiera MORAN bien grande: lo observa como si comprobara que las letras siguen ahí, o como si quisiera retener ese extraño nombre de una vez.
Kurt Willkens (¿su gran amor?) apenas si le escribe. Hace un par de años que no se ven, desde que se despidieron en Hamburgo, antes de que su amigo se embarcara para Buenos Aires.
Está nerviosa como si fuera a reencontrarse con él.
Poco sabe sobre el hombre cuyo nombre sostienen sus manos. Apenas que este tal Morán es amigo y camarada de Kurt; que compartían casa y militancia; que trabajaban en la misma fábrica.
No termina de entender a qué viene este tipo a Berlín. Sólo sabe que Kurt mismo lo manda y que ella tiene que ubicarlo.
La lente avanza ahora rápidamente desde el exterior (como si fuese un tren), esquiva pasajeros, gambetea bultos, la busca entre los cuerpos que se le cruzan a izquierda y derecha:
Ahí la tenemos otra vez: mientras el plano nos acerca su rostro, subitamente, sobre la extraña música mecánica, empiezan a sonar tres guitarras y un acordeón. El cuarteto borda una introducción de vals criollo levemente litoraleño, rancheroso.
Se trata de la obertura del Vals del Silencio.
Clara, abrazándose candorosamente al cartelito, canta:

no cuentan las palabras
cualquier palabra sobra
sólo el que calla logra

decir sin redundar

yo te nombro en silencio
el silencio no miente
y es el más elocuente

para decir: no estás

la voz repite el eco
de los huecos del pecho
mejor mirar el techo

y oír llover un vals

para qué la memoria
de algo ya impronunciable
mejor dejar que hable
la ausencia sin tallar
la pura ausencia bruta
la ausencia sin poesía
mejor la melodía
ni una palabra más

En el instrumental se suma la Típica desde el foso. Los violines contracantan la melodía del acordeón. El tempo se intensifica y con él los movimientos coreográficos de los paseantes (los bailarines, indecisos, marcan unos cuantos pasos al azar… todavía no saben bien qué hacer. No se hagan drama, muchachos, estamos ensayando).
Morán, mientras tanto, fuma y fuma como el ciego de Carriero. Campanea desde un costado del escenario, sin demasiado interés, como matando el tiempo mientras lo vienen a buscar, mientras llega su contacto.

a qué nombrar tus cosas
lo que inventó tu sombra
cualquier cosa te nombra

para qué enumerar

el amor trashumante
que encendiste en mi copa
hoy me cerró la boca

y ya no digo más

prefiero oír el lento
rebotar de las gotas
como pálidas notas

de un desteñido vals

para qué la memoria
de algo ya impronunciable
mejor dejar que hable
la ausencia sin tallar
la pura ausencia bruta
la ausencia sin poesía
mejor la melodía
ni una palabra más


Recién al final del vals Morán, previa lectura del dichoso cartel, se da cuenta y se acerca a Clara extendiendo una sonrisa mustia y una mano helada.

TELON

12 de octubre de 2006

BELIN

Mientras boludeábamos entre cardos y cortaderas nos perdimos su llegada oficial a Hamburgo y su posterior viajecito en tren. Qué va´cer. No se puede estar en todo.
La postal que al principio esgrimimos cancheros como de La Gare d'Orsay se despeja por fin entre nuestras manos, ahora menos ansiosas, menos ebrias de génesis. Acaso más sabias. Es Berlín Zoologischer Garten Hauptbahnhof.
Sería interesante saber en que año estamos. Un reloj enorme en cada uno de los andenes señala las cuatro menos diez, pero no el año. Podríamos pispear en la parte superior del diario que lee aquel pelado de lentes sentado junto a la vieja de tapado marrón… Pero ¿para qué? Una buena historia no pide esfuerzos inútiles, una buena historia es generosa, gratuita como la luz o el aire.
Por otra parte, quién no se da cuenta que estamos más o menos en entreguerras (que por otra parte era lo que queríamos) si es sólo mirarle las pilchas a esta gente.
El que no aparece aún es nuestro héroe. La impaciencia en este caso justifica una cierta intranquilidad, sobretodo después del amague que nos comimos en París.
Una vez más, una sensación de artificialidad nos hace esbozar un gesto socarrón, un tris de sonrisa desconfiada. Es que no estamos habituados a los paneos tan poco sucesivos de la época.
Es raro. Pareciera que la narración a cargo de las imágenes se valiera de diapositivas, como si trataran de contarnos algo por efecto de la acumulación simultánea.
Tendremos que acostumbrarnos también a esa luz que pareciera inyectar en el tiempo una sustancia más densa y resinosa, como de ámbar líquido.
Ni hablar de la trampa que nos juegan los hábitos. La falta de costumbre de ver tanto sombrero, por ejemplo.
Es notable cómo el sombrero escamotea el rostro e iguala, a la vez que protege del peligroso contacto del cielo. Los hombres parecen extras de una opereta retro. En cambio en las mujeres el sombrero pareciera enmarcar y exaltar.
Eso. Mientras esperamos la llegada de Morán junemos minas.
Hay algo inmaterial en casi todas. Serán los peinados de esta orilla del tiempo, o los rostros pálidos de índole nórdica los que dan esta impresión de salud física y desarreglo espiritual.
Por ejemplo ese par de muchachas que parecen hermanas, debajo del cartel de salidas y llegadas, rubias echt de ojos grises, como desteñidos: la una de delicado sombrerito verde y velo negro levantado sobre la frente, la otra con un gracioso chambonier marrón oscuro rematado con una pequeña pluma, como de gayareta.
O aquella morocha que por influjo de esos ojos negros de basalto resulta casi transparente. Su gran gorra azulada la sostiene, como dándole la gravedad necesaria para que siga en contacto con el magma y no nos deje. Su cara no se puede enunciar en palabras. Ojo, no es pereza. Es que… es una de las pocas cosas de este universo apócrifo que encarnó de posta y que, ya florecida –clara carne de rasgos semitas– empalidece como un narciso y espera no se sabe qué.
Es curioso: en su mano sostiene un cartelito de cartón de torpe hechura donde está escrito algo que, desde esta distancia (y sin anteojos), mal puede leerse.
Oscurece. El sentimiento de pérdida –pérdida de iluisiones y de tiempo– que despierta la espera y la ausencia de luz da todavía más frío. Lo peor es que empezamos a aburrirnos.
Embroquemos en dirección contraria: ese hombre a punto de ahorcarse en una bufanda como de alpahaca, con cara de quien-estoy-donde-soy y sin sombrero: lleva una gorra vieja de ferroviario que da pena.
No, ese tarambana petizón que se acerca a paso de tungo maltrecho no puede ser él… Hay ciertos cambios definitivos en su aspecto que contradicen y despistan: es más petiso, más delgado y, acaso por contraste entre los carapálidas, más oscuro que cuando despidió a sus amigos en Buenos Aires.
Sin embargo –lo sabemos como se saben las cosas en los sueños– es él.
Y para colmo camina, arrastrando su desteñida sonrisa pampa, hacia la piba del cartelito... Claro, visto desde sus buenos ojos criollos es más fácil de leer, el cartón manda: MORAN.
Por fin. Todo se va aclarando.

9 de octubre de 2006

ARGENTUM

Los que dicen que los pueblos bonaerenses son todos iguales no han vivido en uno jamás. Los habrán sufrido sólo de paso o imaginado desde el suplemento Rural o la revista Chacra.
Ni esta ni otra reflexión parecida se le cruza a Morán por la cabeza a lo largo de la tarde. Hay una gran fiesta en el pueblo y él, encargado ocasional del puesto de encurtidos y especias de su familia, parece agobiado, como fuera de foco. El pegajoso humo del puesto de fritangas de al lado lo rodea y enmarca como un aura. Desde la plaza llegan los acordes de un tango. El tiempo pareciera detenerse en esta visión. Podríamos quedarnos contemplando el mercado y la fiesta y a Morán en su nimbo de aceite sucio. O dar un rodeo y desnudar el magro perfil de la tramoya.
Morán no parece enterarse de nada (ni mucho menos sentirse observado o leído). ¿Deberían llamarle la atención ciertas anomalías? El decorado por ejemplo: la imprecisión demasiado bien lograda de algunos detalles o el negligente perfeccionismo en el descuido de otros –el cielo medio verde, el cartón mal pintado de los plátanos–, las imperfecciones varias del ambiente, la temperatura inadecuada, el aire inverso, la iluminación claroscurista, como de opereta, o como de recuerdo ajeno.
No. Morán no registra. En cambio, el conjunto de cosas que se agrupan ordenadamente en su retina, sofocado por el humo grasiento de las empanadas de la vecina, le recuerda algo muy arraigado en su mal iluminado mundo emocional.
Pero por ahora ignoremos éste y otros misterios.
La perspectiva de la calle, exageradamente costumbrista, que hacia el norte muere en el arroyo, que hacia el sur se pierde en el monte luego de pavonearse por la plaza, colecciona una serie de frívolos detalles incongruentes en los que sería delicioso demorarse pero que lamentablemente no vienen al caso.
Dos niños recién salidos de la nada se le acercan. Podemos sugerir que lo han venido observando desde la baranda de la casa de enfrente o desde bambalinas. Ajados a pesar de su ternez, son el vivo reflejo de sí mismos, como dos monedas de cinco guitas. Si tuvieran veinte o treinta años más servirían de modelo para describir, físicamente al menos, al protagonista.
Morán no parece interesarse en nada. Sentimos esa congoja culposa de saber que sabemos más que él, pero ¿sabemos más? A ver: mañana se va, pasado se toma el “Comte Rosso” (eso lo sabe él antes que nosotros). »Piensa en su madre«, decimos. No, para nada. Pero no, te digo que no. Sólo piensa en su hermana.
Han estado conviviendo los últimos seis días en ese rancho de un solo cuarto los tres: Morán, la madre ciega, su hermanita de quince. Nunca se había sentido tan perturbado por una mujer. Pero… pará la mano: ¿Entonces, Laurita, es una mujer? »Pedazo de chambón, es tu hermana«, perece que le dijera en coro la feria toda. Por ejemplo esa vieja de anteojos y voz estruendosa que arrastra del brazo un anciano hemipléjico. No. Otra meada fuera del tarro. Le está preguntando que a cuánto el perejil deshidratado.
Morán conoce a toda esa gente: un poco menos demacrada, esa gente, como acaso también ese duplicado de sí mismo niño, son moléculas de su infancia. A él, que no guarda detalles del pasado, de alguna parte del oscuro desván le caen dos nombres: Cholita… y Don Alfredo. En medio del vapor de aceite rancio pesa cien gramos de perejil seco.
Ay querido, me olvidaba: dame también un ramo de Laurel. Sean eternos, bando el rocío en la flor del laurel, en la flor de Laura, el brotecito de Laurita.
Envuelve. Cobra.
¿Qué? ¿Cómo dice? Hay demasiado ruido, refrito, pachanga. Algarabía bonaerense.
¿¡¡Que cómo está tu madre!!?
Vuelve a hundirse en su nube.
Hay rincones entrevistos de su cuerpo –tiranteces en la sisa de esos vestiditos infantiles que ya le vienen quedando chicos– que le minan el sueño y le intoxican la vigilia.
Una calentura vergonzante lo abrasa si la pendeja se le acerca. Vergonzante, cree él, porque supone que su hermana lo nota, lo supone porque no puede creer que no se le note algo tan evidente como su ralo bigotito manubrio.
Y supone bien. La única que parece no enterarse de nada es la madre que, además de la vista, parece haber perdido todo olfato. Hasta el cuzquito percibe el grito ahogado de las ansias, lo que incuban esas respiraciones apuradas. En cualquier pliegue del aire, hasta dos o tres metros alrededor del rancho, el aroma a primicias al dente va y viene, flota en los gestos quietos, se cose en los cuencos de la piel, los poros anhelantes; y ese ajetreo de coleóptero de los párpados tratando de velar en los ojos una lubricidad tortuosa que para qué te cuento.

8 de octubre de 2006

ABFAHRT

Cuando el telón se abre no hay, por el momento, nada. Al menos nada claro. Lo primero que se comprueba es que, a contramano de lo que nos dijeron siempre, empezar es lo difícil. Es un invento sin precedentes. Algo que, en todo caso, está por verse.
Parado acá, no se ve nada tampoco para atrás, y da vértigo. Desde la noche absoluta amanecen formas por el momento poco reconocibles. Otras que al ser reconocidas se autoinmolan.
Sería maravilloso que una historia fuera un tren que pasa, que viene de alguna parte y al que nos subimos en determinada estación. Si así fuese, solo nos quedaría saber, o elegir –saber elegir–, en que estación empezar a espiar. Después es solo subirse y rodar.
Lo más probable es que el vientre de la historia, seducido por antiguos berretines criollos, elija un rincón y una época acorde a sus caprichos para dar a luz. El lugar y la hora más fotogénicos. La estación más elegante y mejor concurrida del imaginario popular a finales de los ´20.
Amanece. A vuelo de cigüeña todo parecería indicar que es París. No es muy original pero es porteñamente verosímil. De alguna manera todo empieza en Paris.
Sería una excelente apertura de telón.
Pero antes de idealizar la perspectiva sopesemos los pro y los contra. Nuestro completo desconocimiento del francés complica las cosas, afea el paisaje, convirtiendo ese desconocido amasijo de techumbres mohosas oscuro-rojizas en algo bastante fulero.
¿Es esto «La Luz»? Cómo saberlo. Quienquiera que sea esta ciudad, nos abruma con su populosa deformidad a lo Fritz Lang.
No hay a la vista rostros conocidos. Suena una orquesta: una suerte de Típica Tibetana. La torpeza coreográfica de los innumerables paseantes torna imposible el fluir neutral de los acontecimientos.
Sin prólogo, sin anestesia, sin comerla ni beberla, pareciera arreciar la obertura. El efecto del crecendo de las voces hace pensar en el acercamiento paulatino de una horda intergaláctica o al menos tártara...


»...avant tout fut cette mer
et dans cette mer
l’avant était déjà mélodie:
solo de feu à se refroidir
au milieu de la brume
était un murmure
qui déjà désirait un corps comme le tien
et à ne pas te trouver dans la mousse
se transforma en poésie«

(«...antes que nada fue ese mar / y en ese mar / el antes ya era melodía: / solo de fuego que al enfriarse / en medio de la bruma / era un murmullo / que ya anhelaba un cuerpo como el tuyo / y al no encontrarte entre la espuma / se convirtió en poesía»)

¿De dónde salen esas voces...? Voces como de eunucos, de monstruosos bebotes gordinflones.
Aparte de las malolientes sospechas semánticas que despierta toda rima, acá hay algo que no cuaja: ¿Saint Lazare, Gard du Nord?
Voila, para variar estamos en orsai. La Estación de Orsay llena de mandarines chinos y maniquíes rubios de una época que no es –que en todo caso no es la nuestra, la deseada–, girando como sufis en trance mientras un coro de contratenores –recién ahora se aprecian sus rostros lampiños enmarcados por las ventanillas de los trenes apostados en la estación– insiste con su rimosa bulla... Canta, taladra, ladra, espanta:

»...avant tout fut une voix
ou plusieurs -Dieu le sait-
comme un Big-Bang sifflé
par des bouches unicellulaires
soupirant ton essence
encore sans nom
car la chanson est antérieure à l’homme
mais ton absence soudaine
était déjà dans le crée«

(«...antes que nada fue una voz / o varias –sabe Dios– / como un Big-Bang silbado / por bocas unicelulares / suspirando tu esencia / aún sin nombre / pues la canción es anterior al hombre
pero tu repentina ausencia / ya estaba en lo creado» )

Con los últimos acordes el decorado gira y se aleja rápidamente hasta dejar al desnudo aquella perspectiva aérea de techos que nos mostró al comienzo.
¡Hasta las lascivas formas de las nubes se extiende el jolgorio!
Qué descaro. Qué abiertas madrugadas. Pura pornografía celeste. En fin, una vergüenza.
Mal comienzo. Nuestra mirada plúmbea sobre el paisaje devora y olvida. Inútil observar, preguntarse. Tarde o temprano nos vamos a hartar de esperar ver aparecer al protagonista. Tal parece que en el querido, ignorado e inexistente París nuestro héroe no existe.

AB


Se me ocurre que podría juntar algunas notas de este cuaderno y escribirte aunque mas no sea un monstruo, una carta de miembros de desguace, un Frankestein disperso y rengo pero, al fin, epistolar.
La de veces que me senté, que ya ni siquiera me siento, a no escribirte porque no sale nada. No, no te atajes, si no es con vos. Lo mismo me pasa con todo, con el Todo. Se me queda atorado. ¿Cometí quizás el error de releerlo? ¡Señor, ya he sido perdonado, fue hace tantos años! ¿Me subí al colectivo equivocado? ¿La línea Coelho-Bacay para emigrantes no emergentes? No lo sé. Y así como vengo corro el riesgo de no saberlo nunca.
Ando como maleta e´loco, sin saber cómo voy de una canción a su letra, de la parrilla de una ópera anotada en una servilleta a una partitura de museo, del temblor de una mano al temblor de la otra.
La ciudad se lo traga todo. La familia, los cactus, el bonsái, las hormigas. ¿Ha llegado la hora de admitir: Tachame la Doble? ¿Esa otra ciudad, en la orilla barrosa del estuario, no existe? La página eléctrica de Clarín que visito cada día es la más ambiciosa obra de ficción, ¡un blog impulsado por un grupo genial de unibombers a sueldo de los muertos queridos!
¿Se puede seguir así? Puedo seguir así hasta el borde del jonca. También puedo sentarme con las piernas abiertas –una en las menos díez la otra y cuarto– la pava en el medio –en punto– y contar cualquier cosa, pero desde el principio. Generalmente no se pasa del Génesis. Los detalles son demasiados. Uno se pierde en ellos. No sólo porque son inevitables (difícil discernir cual sí cual no), es que no hay ni queda otra que contar detalles.
Oigo la voz de Clara desde la Alex, desde una tarima improvisada sobre un remolque. Durante todo este tiempo, ponele estos últimos siglos (ella diría milenios), nos hemos preparado, mal que mal, para cargar con el peso del mundo. A eso voy: creo que ha llegado el momento de hacerlo coordinadamente, todos a la vez, todo el peso del mundo a la vez –incluidas las baldosas de esta plaza, incluidas las lápidas, incluidas las ruinas del cielo– hasta conseguir liberar las almas. Hasta permitirle a las almas remontar vuelo.
Estábamos cambiándonos para salir a tocar. El bardo de siempre, los violines afinando, Floh criticando el programa, Karsten limpiándose los timbos, el Pelado repasando alguna variación en el fueye. Yo estaba ahí pero tenía mis dudas. Me acuerdo que pasaba los dedos por la botonera de la jaula infinitamente mientras el Gato se acicalaba. Ojo, no como siempre, sino como si hiciera un pésimo remedo de sí mismo. Terminó de calzarse el saco, me miró como si yo fuera el espejo, como acomodándole los rulos a la estatua, haciendo pinta, ni que estuviera solo, comentando como para sí, qué talco la pintusa, convirtiendo ese temblor que le da siempre antes de salir a ladrar en algo completamente exagerado, verborrágico, mezclando ejercicios vocales y erutos continuados en Om, con frases más o menos acordes a las boludeces que se dicen antes encarar el escenario, qué te digo, bastante más alterado que ese personaje moderadamente insoportable al que nos tiene acostumbrados. Para mí que se la veía venir. Los Gatos son así. En fin, estábamos en esa, como te digo, y no va el Chino Morán y entra por la puerta.
Yo ya venía con ese problemita de corazón que me tenía a mal traer. Un asunto sin importancia, según el tordo, pero viste como es, te vas acercando a los sesenta y cualquier garúa es diluvio. La cosa es que el bobo se me paró ahí nomás, en seco, como si nadie le hubiera dado más cuerda, no se si me explico, se me frenó en el pecho, de golpe y sin dolor, como si nunca más le fueran a dar la puta cuerda.
Afuera se armó un quilombo padre, fue amontonándose el escándalo, eso sí, a la alemana, lentamente. La mitad de los muchachos gritaba y el resto callaba –las cabezas clavadas sobre el pecho, la mirada a media asta– como si gritaran para adentro. Me dio no se qué, oírlos más que verlos, me dolía sobretodo cuando me hablaban a dos centímetros, a los gritos, ese aliento medio agrio que da el miedo, y yo como muerto, sin poder mover, qué te digo, ni un átomo.
Estuvieron a punto de suspender. El Chino observaba muy serio desde un rincón. Parecía asustado o con culpa. Una hora más tarde salieron sin mí. Esa noche, mientras los muchachos trataban de salvar la milonga, mientras charlábamos con el Chino de bueyes perdidos, me di cuenta de que algo no cerraba, que algo no podía ser. El Chino Morán está muerto desde hace, no sé, como mínimo, cincuenta años.
Me acuerdo que me temblaban las manos. Eso lo sé del escolaso. Antes y después de arrojar la suerte siempre tiemblan las manos. Sólo que al agitar los dados no se nota. El temblor general, la agitación de todo el cuerpo, vale decir, del universo todo, hace imperceptible hasta el parkinson. Igual sabemos que las manos tiemblan por debajo del temblor general de todo. Al menos en ese temblor, el de las manos, no hay misterio ni motivo de alarma: es el rastro de los hectolitros de alcohol y las toneladas de tabaco sostenidos entre los dedos como quien sostiene una molienda infinita de sonidos y silencios. Somos cortos de tiempo y por eso la quemazón, la fragua de cigarros y el consumo incesante de subproductos del Leteo. Como en la frase proverbial del borracho: «bebo para olvidar», podría decirse que se olvida para contar. El olvido es el único que cuenta, el único provisto de la sanata necesaria, de la labia precisa para chusmear los avatares del transcurso entre estar y morirse. Así que si mi Sainete refiere, por caso, detalles de aquella manifestación anarquista de 1931 de la Alexanderplatz donde el Chino Morán vivó las palabras de Clara Schulz, no es una manipulación de las cuerdas de la historia sino un arpegio (desde donde miro no se ve la plaza pero sí la torre-cohete que la mantiene clavada, entre el cielo y la tierra, al lugar que le han asignado); si mi Sainete afirma que estuvo en la plaza el día que mataron a Morán, atenti, no son macanas. Y si son, es gracias al borbotón que impulsa a ese chamuyo que se abre la boca. No importa si estábamos lejos o no habíamos nacido todavía. Sólo tamizado por la ausencia puede comunicarse un hecho con pelos y señales.
Somos el coro de una nave ya destrozada en tempestades. No se sabe si es mar o es roca o continente lo que golpea, pero lo hace al mismo tiempo en la memoria del futuro y en el secreto muerto, en la prehistoria. Por eso tiemblan las manos al terminar una canción –aún cantada a solas- o al empezar un parlamento –aún pronunciado en la penumbra de un sueño.
No puedo ayudarte con tu pedido. El único retrato de Clara que vi estaba en el billete de cien marcos. La relación es incomparable por especular. Incluso el repliegue niña prodigio de su boca y hasta el olor a nardo del vestido le queda bien a la mía, a nuestra Clara. Tendrías que verla como yo la vi, parada en el hall central de la estación Zoo, con las ancas inquietas de quien no ha sido hecha para esperar.
Heiko no tiene nada que ver con la orquesta. Es un amigo. Es el único amigo alemán que tengo. Habla bastante bien español. Una mezcla de porteño con giros castizos contraídos en algún curso de verano de Salamanca. Es un gran tipo. Una suerte de gigante entrado en carnes. Hago girar despacio el cilindro -mejora el encuadre (hay que cambiar la lamparita, ya sé, por ahora lo que cambia es la diapo)- detrás de las manchas y los lamparones, al resto hay que imaginarlo. Fijate, da la impresión de estar compuesto de dos mitades el armatoste. Más o menos a la altura de la busarda está el encastre. Para colmo, como tiene el vicio de usar tiradores, esa impresión se refuerza, los tiradores parecen ser los cables del puente responsables de sostener unidos los dos hemisferios.
Te equivocás. El hecho de que el anticuario se llame Murr no lo hace a Heiko un hijo de Hoffmann. El nombre lo heredó de su antiguo dueño. Acá se lo ve mejor, bajo la sombra inútil de un toldo –cada día es gris por etimología– sorbiendo lentamente su vinito blanco, sentado a la puerta del Murr con un libro en una mano y un lapicito de punta recién afilada en la otra. Podrías apostar a que lee. Si le preguntás seguro que te dice que no, que escribe. Sólo en estado permanente de escritura, suele decir, sucede... Y la verdad es que, al menos de vez en cuando, es cierto, escribe. Traza con velocísima grafía en los márgenes del libro de turno, aplicando el ramillete de dedos gruesos sobre el lapicito de cinco centímetros, un garabato ininteligible y mínimo. Miope como es, nadie le cree que sea cierto, que ese electroencefalograma de ameba no sea más que eso, un tester del ocio. Pero si le pedís, con una voz que parece más bien salir del libro y no de su boca, te lee. Agarre el libro que agarre –gordo traficante de anticuarios–, no te gastés pidiéndole otra cosa, con ese acento de contrabandista, lo que te va a leer es siempre lo mismo. No protestes, te ladra, la voz siempre viniendo de otra parte, en sincro exacta con su propia boca, un eructo al ras de las piedras de la vereda, su voz de bajo te llega ahora desde algún bulto a la izquierda, cerca de las cajas de saldos (el Gordo locuta desde donde se le da la gana, es un ventrílocuo de novela): A cada lector le es dado escribir mientras lee, te lee. Sí. Esto también creo ya habértelo contado. No te quejes. Es igual. Igual me atajo para la próxima: preferiría que no me corrigieras los errores de sintaxis y ortografía. Lo que tratás de enseñarme yo ya no lo aprendí. Por lo demás, no comparto en general tu visión de la cosa. Es cierto lo que decís de los espectros, no somos sino espectros, pero el mío le huye a toda interpretación y sobretodo a las interpretaciones bienintencionadas de los amigos.
No te alarmes. Estoy bien así. El problema es, como siempre, afuera.
Amparo está mucho mejor. Igual no creo que sea una buena idea que vengas para navidad. El único contacto que soporto es la bombilla del mate. Además no sé si vamos a estar. La Vasca intenta por centésima vez llevarme a Bilbao.