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19 de abril de 2007

PALIMPSEST

Me gustaría creer que fue un mero voto de confianza de parte de la familia Annabi el entregarme los cuadernos de notas, papeles sueltos y bocetos (con las fotos no ha sido tan fácil) que hoy forman el cuerpo central del Archivo A. Annabi, pero me temo que fue puro y simple desinterés.
Lo cierto es que gracias a este material y a algunos otros aportes inesperados (básicamente la inestimable colaboración de Djar Djarki Tjali y sus discípulos) nos ha sido posible llegar a las siguientes conclusiones acerca de la obra conocida com »Páginas Óficas«.
(Las citas en bastardilla han sido extraídas de sus cuadernos de notas).

Deslumbrado por el concepto de revelación común a varias formas de la fe, Annabi creyó a pies juntillas, desde su primera infancia, que los textos sagrados de toda religión son la mera palabra de Dios y que, letra por letra, vocablo por vocablo, esos textos han sido dictados por el mismísimo Creador a ocasionales escribas más o menos merecedores de esta Gracia.
Annabi consideraba al espíritu de la forma de toda escritura devocional como impulso demiúrgico: “potencia y acto de Dios mismo”, y al sentido; la sintaxis y su semántica; la fábula y su moraleja; la enseñanza y su parábola, es decir, la mera figuración, como avatar humano, aspecto trivial y por tanto corruptible, sujeto “a las limitaciones del hombre y sus muecas, a sus contingencias, a su corrupción y, lo más peligroso, sujeto a sus ociosas especulaciones de traductor amateur”.
Para Abdeljamid Annabi el verbo divino no solo es independiente de las leyes de significación y sentido sino que es plausible develarlo, purificando cada texto, escindiéndolo de la anecdótica e irrelevante tiranía de la semántica.
La operación o enunciado que el mismo Annabi repetía una y otra vez cuando nos hablaba de las Páginas –y que encontramos anotada y subrayada con insistencia, tanto en sus libretas de los años en Limnos como en sus cartas desde Athos– echa luz sobre los aspectos más controvertidos del concepto annabiano:

Dios + Dios = Dios

Annabi entendió, como los alquimistas, que así como el mercurio por precipitación sedimenta lo impuro y devela el oro, a través de ciertos procesos técnicos, unos cuantos pasos mecánicos más o menos azarosos, es posible desentrañar “la palabra de Dios en estado puro”.
Su método de trabajo consiste básicamente en la superposición de dos o más páginas de diferentes textos sagrados impresos fotolitográficamente en papel transparente.
Hemos identificado algunos de los párrafos y/o elementos gráficos utilizados en la operación: versículos del Antiguo Testamento en alemán; del El Corán en árabe (en dos versiones); varios pasajes de una Torá en Hebreo; la reproducción de una página del Llyfr Gwyn Rhydderch (Libro Blanco), manuscrito galés de principios del siglo XIV; dos reproducciones de epigramas mortuorios y alabanzas a la diosa Astarté en etrusco y en púnico respectivamente (ambos textos concebidos originariamente en piedra).
La fórmula o receta compositiva de A. Annabi podría sintetizarse de la siguiente forma:
Una vez seleccionados los originales que han de ser “arrojados al crisol”, el primer paso es la reimpresión de una página sobre otra –generalmente se trata de dos o tres originales superpuestos (cuatro en solo tres casos y cinco sólo en la Gran Página de Athos).
El resultado parcial es modificado varias veces en nuevos revelados hasta conseguir signos de una morfología simple, tan bellos como ininteligibles, dirigidos manualmente por el criterio estético de Annabi, “subjetivo y azaroso como los mismos Dioses”.
Las imágenes que dan como resultado –“La pura forma libre gozando de una existencia universal eterna”– son a primera vista una serie de bellas composiciones caligráficas, ilegibles como escritura, que se debaten entre el ideograma y el signo arábigo.
Pero esta primera impresión se modifica lenta, gradualmente ante el ojo sensible hasta revelarse como lo que es: una asombrosa epifanía, una verdadera manifestación del verbo divino encarnado en uno de sus muchos rostros.
El canon completo se compone de 360 páginas. Según nos explicara el mismo Annabi, una para cada jornada (el antiguo año lunar consta de 360 días).
Por último solo nos resta agregar que el códice fue bautizado secretamente por su hacedor (Annabi rechazaba el concepto de autor, se consideraba a sí mismo como un escriba con poderes mediúnicos) con el nombre de »Summa Teográfica«.

10 de abril de 2007

GOTTSCHRIFTART

Consulté también otras fuentes, sobre todo familiares, pero la mayor parte de la información la obtuve escuchando su voz, su apenas audible, cascada, dulce voz.
Al hablar parecía empujarse con leves pulsaciones de sus dedos, como un sístole-diástole cuya cresta temblara en la punta de sus largas uñas. Lucía un correctísimo y arcaico alemán.
Piadoso, comprensivo con lo que él consideró siempre una exageración o un esnobismo: mi interés por su persona y obra, luego de muchas horas de lentas charlas, me fue revelando las coordenadas de su biografía:
Abdeljamid Annabi nace en el puerto de Bizerte en 1881.
Huérfano a los cuatro años, es criado en el orfanato Saint Bernadette, cerca de la ciudad de Túnez y educado por trapenses franceses.
Especialmente por un misionero bearnés, Jules Armand Larregle, su tutor y maestro (más tarde su amigo).
Con él aprende latín y griego. Gracias a la amplitud de criterios de Larregle –y al talento innato de Annabi para las lenguas– lee los Evangelios en francés, el Corán en árabe y los clásicos griegos y latinos.
Recomendado por Larregle, a fines de 1893 se encuentra en Hissarlik, en el estrecho de los Dardanelos. Tiene sólo doce años. Ayuda en las excavaciones del “Tesoro de Príamo”. La empresa, que desentierra con sorpresa varias Troyas, está a cargo del arquitecto Wilhem Dorpfeld, mano derecha del millonario helenista H. Schliemann, recientemente fallecido.
A partir de aquel primer empleo la vida de Annabi da un vuelco decisivo. Se convierte al cristianismo protestante (años más tarde al ortodoxo), menos seducido por su teología que por la influencia de Larregle y la paternal amistad que le dedica Dorpfeld, su nuevo maestro y mentor.
En la biblioteca del Museo Volkswang Essen, de Essen, puede consultarse una carta enviada por el arquitecto desde Hissarlik a su amigo, el académico vienés Helmut Jüngen. Allí hace referencia a un tunesisches Kind, a sus inclinaciones y talentos, a quien reconoce como su protegido:
“Debería usted ver sus pictogramas y bocetos de campo; sus dibujos y caligrafías. Es apenas un niño (...) usted no lo creería. Es un copista de asombrosa habilidad. En una libreta que le obsequié copia toda clase de cosas, sobretodo escrituras antiguas. Nos es de gran ayuda en la taxonomía del material hallado”.
Cuando las excavaciones finalmente se suspenden, debido a repetidas desavenencias con el gobierno turco, Annabi abandona el campamento en la colina de Estrabón y regresa a Tunez.
En 1905 lo encontramos empleado en una ignota oficina portuaria de la isla griega de Limnos, no lejos de la boca del Helesponto.
En estos años realiza los primeros esbozos de su futura producción gráfica.
Durante los diez años que permanece en el puerto de Mírina, la “idea” de la Escritura de Dios madura, al menos en su aspecto conceptual. Es allí donde nacen los primeros ensayos fotográficos que habrían de ser la base estructural de las »Páginas« que comenzará a producir a partir de 1913, en su retiro del Monasterio Vatoped del Monte Athos.

FALAFELLADEN

Habíamos pasado varias horas en Murr, la tienda de Heiko, bebiendo, charlando y fumando entorpecientes. Hablábamos, una vez más, de las sutiles discrepancias entre arte y accidente, de justicia e injusticia poética, de formas no convencionales de impecabilidad creativa, de la ceguera de los especialistas y de la necesidad de reconocer y honrar las altas expresiones culturales secretas nacidas en medio de los basurales, en fin, de la antigua dificultad de separar paja de trigo.
Berlín inaugura un museo por mes, decía él. Y yo me alegro. Pero el gran arte no está en los museos, o si querés, no sólo está en los museos.
De esto hablábamos con Heiko esa tarde, me acuerdo. A veces paso por el Mauer Park -apunté- y miro los graffiti y me digo que es allí donde está la pintura actual, las artes visuales que representan, que encarnan nuestro sprit du temps.
El Gordo Heiko dijo que sí, que él estaba de acuerdo, que a veces se encuentran obras de arte en los lugares menos convencionales, en cualquier pared callejera, en un puente, en un baño, en una tienda de falafel.
Esto último me pareció un poco exagerado. No se lo dije pero de alguna manera se me vieron las cartas. El gordo me miró muy serio: no solo te voy desasnar un poco, Gato, me dice, sino que además te voy a llevar al mejor falafel de Berlín. Y de paso vas a conocer a un viejo amigo mío, creo que te vas a llevar una sorpresa. ¿Tenés ganas de caminar un poco?
Cuando Heiko habla de falafel, amigos y sorpresas no consigue generar, en nadie que lo conozca bien, mayores expectativas.
Y acá me parece que antes de seguir adelante tengo que hacer una aclaración: ¡El falafel!
Casi todos los habitantes de esta ciudad somos más o menos adictos de ese invento maravilloso de medioriente, benemérito padre del vulgar y sumario sanguche (y aún del canelón y del crepe).
Vivimos en la Meca, o mejor, en la Babilonia del falafel. Podría decirse que el falafel y el dönner kebap, su primo carnívoro, son la alimentación principal del habitante de Berlín. Algunos imbiss, sobre todo turcos, ofrecen ambas variantes, y también otras. Pero ojo al piojo: la experiencia me dicta que al arte del buen falafel sólo lo cultivan los especialistas.
Si algún fanático se tomara el trabajo de hacer un relevamiento de la oferta de falafel –solamente en los barrios de Mitte, Prezlauer Berg y Kreuzberg– el resultado echaría más o menos los siguientes guarismos: Turco 83 %; Sirio y libanés 7 %; Estilo Norafricano 6 %; Otros (Kurdo, Iraní, Irakí, Palestino) 4 %.
Era una tarde de verano espléndida, de esas que cuando mirás el reloj no podés creer que sean las diez de la noche. La calle estaba llena de gente.
Subimos hacia Prenzlauer Berg. Veníamos desde el Murr, de Mitte. Íbamos zigzagueando, evitando las avenidas, buscando las zonas más amistosas que son siempre las más concurridas por la monada: Kollwitzplatz, Wasserturm. El Imbiss que buscábamos está más allá, muy cerca de la Helmholzplatz, en la Raumerstraße. Se llama Karthago y pertenece, aún hoy, a la familia Annabi.
Herr Abdeljamid Annabi ya no está. Su nieto y sus bisnietos siguen explotando el bolichito. Pero hasta hace muy poco te lo podías encontrar sentadito en el fondo, sonriente museo de arrugas, casi siempre con un vasito de té en la mano –manos antediluvianas de largas y cuidadas uñas–, observándolo todo con la calma de los que se saben expuestos y girando inmóviles al rescoldo tibio de la eternidad.
En las paredes del bistró cuelgan todavía hoy algunos de sus “caligrafías”. Siete de una serie infinita que suma exactamente trescientos sesenta cuadros.
¿Cuadros? Herr Annabi no me hubiera permitido llamarlos así. Le gustaba hablar de Hojas o de Páginas. Y si uno le decía SUS Páginas, entonces el viejito se quedaba largo rato negando con la cabeza para luego aclarar que no eran suyas: No son mías, muchacho... no son mías... no son mías... Hasta que la voz se le iba apagando.
Pero aquel primer día, la clarísima noche que Heiko me lo presentó, no recuerdo haber mirado las paredes. Se me hace que esa primera vez solo tuve ojos para él. Su imponente presencia invisible. Sus ojos de Gilgamesch cansado.
Casi no cruzamos palabra. Compartimos el té y sus aromas. Escuchamos el interminable monólogo de Heiko.
Recuerdo que en un momento levantó una mano. Inmediatamente se acercó uno de los muchachos a quien le ordenó, con firme suavidad: “Sírveles otro té a mis amigos, pregúntales si quieren algo de comer, limpia la mesa”. Luego se incorporó, musitó un buenas noches y lentamente se fue para el fondo.
Pasaron varios meses de periódicas visitas hasta que me fuera permitido conocer la serie completa. Recién cuando se convenció de que podía confiarse, cuando le expuse mi interés por “su” obra y me comprometí a tratar de hacer algo por divulgarla.
Lo dicho, solíamos llamarlas páginas, caligrafías, hojas. Pero el nombre verdadero, el nombre secreto de la obra lo supe mucho después. Me lo dijo el propio Abdeljamid Annabi antes de irse.
Dimos mil vueltas en el afán de poder darles mejor destino. Por una cosa u otra no pudo ser. El fanatismo religioso suele ser proporcional a la estupidez.
Pero eso es otro tema del cual se hablará, quizá, más tarde. Lo que por ahora importa es ese primer acercamiento a las “páginas” de Annabi.
Pensandolo bien, lo único que tal vez realmente importe es el hecho de que esas mudas epifanías están ahí todavía, en la Raumerstraße 21.
Podés ir, aún hoy, y disfrutar del mejor falafel de Berlín mientras mirás alguna de esas revelaciones inmutables. Podés incluso preguntar por él. Seguro que te dicen que no está, que murió.
Lo cual, en el fondo, es cierto.