2 de febrero de 2014

KEHRAUS

A principios de los ´80 una misión ultra secreta china llegó a Bolivia. El objetivo del CT (Comando Tiwanaku) nunca quedó muy claro, ni siquiera para la alta comandancia. El oficial al mando se llamaba Zhou Piau, era un joven de Hohhot altamente cualificado, aunque sin experiencia. No era habitual que un hombre de apenas treinta años ocupara un cargo de tal responsabilidad pero Piau era nada menos que el autor intelectual y el ejecutor del proyecto. Para él no era un trabajo sino un sacerdocio y un experimento existencial. Le iba la vida en el Comando Tiwanaku, literalmente. En los primeros años de la década del 60 había en China unas figuritas con héroes revolucionarios y estrellas del 武術 (wushu). Zhou Piau, al igual que millones de niños, las había coleccionado. Su estampa favorita había sido la de Ernesto Guevara. Fue el comienzo de una devota obsesión. Leyó todo lo que pudo encontrar acerca del médico y guerrillero argentino. En él estaría inspirado el boceto original del CT que desarrollaría años después. Se trataba de un plan muy ambicioso: llevar a la realidad el sueño del Che, propagar la revolución y fundar una suerte de República Socialista de América del Sur. Las mesas romas de los burócratas de PCCh fueron puliendo los propósitos, enmendando y recortando las ambiciones del proyecto hasta verlo convertido en lo que finalmente fue, algo así como una brigada de apoyo logístico del Sendero Luminoso. Se suponía que debía ayudar y abastecer a éste y a otros grupos maoístas que operaban principalmente en el Perú. Se instalaron clandestinamente en la región de Oruro, en una base tallada y camuflada en la sierra. Cuando salían del escondite y realizaban labores de campo, utilizaban una extraña táctica de camuflaje: se disfrazaban de extraterrestres. La decisión de hacerse pasar por extraterrestres estaba ya tomada desde el vamos. Era la estrategia más atinada para no despertar sospechas ni ser molestados. El disfraz no sólo era perfecto, también era infalible. El hombre de Hohhot lo había ideado todo y a pesar de las desavenencias con el politburó, logró conservarse al mando hasta el fin. Las cosas habían cambiado radicalmente en poco tiempo. Al principio de su carrera, cuando el recién recibido Piau ocupara sus primeros puestos en el servicio, los más altos funcionarios del régimen, persuadidos de haber encontrado en él un auténtico líder de la vieja escuela, lo ensalzaban con largueza en sus mitines. Es que Zhou Piau encarnaba el ansiado 和声, el equilibrio perfecto entre la acción y la especulación teórica. Ejemplo de joven revolucionario, campeón de wushu, manejaba vastos conocimientos en el campo de la física cuántica, de la astrofísica, así como los inefables misterios del Chang y los antiguos secretos mágicos taoistas. Antes de cumplir los veinte ya había desarrollado su obra máxima, su arma secreta, el为了自己被磨光的钻石 (Ziji Moguang Zuanshi), que al castellano podría traducirse como «brillo pulimentado por el propio diamante», una técnica similar a la de la hipnosis instantánea que consiste menos en inducir que en despertar una visión trascendente: la imagen más anhelada, la que subyace en el propio observador, que es inherente a él. Este hallazgo fue un arma inapreciable en los frentes donde se la puso a prueba. Era, por decirlo de alguna manera, un 捍衛, un instrumento concebido para la defensa. Inútil como herramienta de captar aliados pero infalible a la hora de mantener a raya a las hordas de espías occidentales. Los años fueron pasando y con ellos las transformaciones en la República Popular. Los altos funcionarios que apoyaban desde Beijing el proyecto fueron muriendo o cayendo en desgracia. Nunca se supo si la operación se desarticuló efectivamente. Nunca llegó orden alguna a este respecto. Pronto no llegó orden de ningún tipo. El Comando Tiwanaku, digan lo que digan hoy desde la comandancia, fue simplemente olvidado a su suerte. Ningún «extraterrestre» volvió a la patria. La desbandada fue general. Algunos pocos consiguieron emigrar a los Estados Unidos.
–Usté acaba de ver al último, al único del comando que se quedó, que se estableció en la región.
El Gato lo miraba. Los ojos húmedos todavía, moqueando. Hizo un esfuerzo notable para poder hablar.
–¡Llamala otra vez, René! Necesito volver a verla…
–Querido Gato, amigo mío… Cucheme bien, creo que no me entendiste.
–¡No importa, llamala, tengo que verla otra vez... tengo que hablar con ella!
–Eso es más fácil de lo que creís. Lo difícil es que entiendas. Lo que acaba de ver no es más que tu película, Gato, tu propia idea de extraterrestre.
El Gato había comenzado a protestar pero se detuvo. Fue atando cabos. Su amigo, que aún lo sostenía en brazos, lo miraba a los ojos y asentía como si pudiera leer sus pensamientos.
–Entonces… ¿Fue sólo un chino lo que ví?
–Un chino trasplantado al altiplano.
–¡No puede ser!
–Puesés. Un chinito nomás es lo que ha visto.
René manoteó de su alforja una botella a medio llenar de un líquido transparente y dos vasitos de peltre. No sin antes chorrear el piso de tierra –un traguito para la Pacha– sirvió hasta el borde.
–Yo, Gato, querido amigo, yo, René, éste es el chino que ha visto... yo mismito.
Y levantó la copa.

Los miembros del Comando Tiwanaku manejaban a la perfección la técnica del 为了自己 被磨光的钻石. Si alguien los descubría, ponían inmediatamente en práctica el Ziji Moguang provocando en el fisgón una visión extraterrena. La técnica del 为了自己被磨光的钻石 fue el único armamento de defensa que protegió al grupo durante años. Hasta que un mal día Li Yen, uno de los mejores hombres de Zhou Piau, se convirtió... en otra cosa. De forma misteriosa y repentina Li Yen se convirtió en un ser indescriptible desde el punto de vista morfológico. En una forma de contornos difusos; en un ectoplasma. Incluso desde el punto de vista psíquico –desde cualquier punto de vista, por otra parte– el ente de Li Yen era algo inefable y sin explicación aparente. Al comandante Piau le llevó semanas reaccionar y comprender qué era lo que estaba pasando. Semanas que costaron otra docena de metamorfosis. ¿Qué era lo que estaba convirtiendo a sus hombres en marcianos o en monstruos? Nunca llegó a estar del todo seguro. El grupo enfermó de conjeturas. De todas ellas, la más estúpida se coronó como la principal sospecha. Una sospecha que muy pronto –debido a la formación científica de la mayoría de los camaradas– se convirtió en teorema. Una luz de alarma lo suficientemente intensa como para provocar la desbandada general. Todo parecía apuntar básicamente a la aparición de verdaderos extraterrestres. La locación ayudaba. Según los periódicos lugareños la zona del Poopó ya estaba identificada desde los años cuarenta como zona de avistamiento y contacto. Para la mayoría de los hombres del comando estaba claro qué era lo que había provocado la metamorfosis de Li Yen y más tarde de otros once camaradas, a saber, que a la técnica del 为了自己被磨光的钻石, como suele decirse, le había salido el tiro por la culata. La teoría que prevaleció pretende que los extraterrestres habrían sido refractarios al Ziji Moguang Zuanshi. Refractarios y especulares. En pocas palabras, que los miembros del CT habrían practicado la técnica consigo mismos, involuntariamente, adoptando una imagen previamente construida por su propio subconsciente. Una monstruosidad en carne propia. Esta fue la teoría que ganó más adeptos entre los miembros y por la cual cundió el pánico. Se fueron todos. Todos los que aún conservaban su forma. Se fueron de a uno, desobedeciendo las ordenes del comandante y desoyendo toda refutación. En una semana no había nadie. El comandante Zhou Piau pasó una temporada solo, acabando sus informes y decidiendo su próximos pasos. Meses después se mudó al Titicaca. Se cambio el nombre. Eligió René porque le gustó cómo sonaba. Estaba mirando la televisión en un cuarto de hotel, en La Paz; había un muñeco verde con ese nombre y lo adoptó. Poco después, en Copacabana, conoció a Benicia. Formó una familia. Los compañeros, transformados en monstruos galácticos, se quedaron por allí, cerca de la base del comando, en una cueva que encontraron en la zona del Poopó. El comandante los visitó antes de irse. Parecían felices. Hacían sus fiestas; celebraban sus reencuentros constantes, siempre nuevos, como las visiones de un recién nacido. Desde aquella vez, hacía ya casi veinte años, no había vuelto a tener el menor contacto con ellos. En un informe que nunca entregó a sus superiores había dejado en claro que la mentada teoría era un embuste. Él, Zhou Piau 
ahora René Chuspe, alegaba que no se registraba presencia extraterrestre alguna en la región desde la época de Manco Cápac y Mama Ocllo; afirmaba que en los últimos tiempos del CT, a causa del olvido de Beijing y la consecuente ausencia de objetivos, el aburrimiento, la soledad y la desidia los había ido ganando. Sugería que el tedio, en medio de ese inhóspito paisaje, había llevado a alguno de sus muchachos a la desesperación. Debido a ello y a otras causas impenetrables, se pusieron a jugar muy seriamente con el 被磨光的钻石 y acabaron adoptando, los unos contra los otros, el aspecto más profundamente anhelado, la forma de sus más secretos deseos, hasta formar un Olimpo impotente pero estéticamente perfecto y poéticamente justo. Constituyeron una comunidad subterránea; una especie de Viaje a las Estrellas en circuito cerrado. Un reallity de veinticuatro horas a la medida de su locura.


Ilustra: Hernán Sansone, de la serie El Cíclope Miope

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